Por Carlos GALLEGOS PÉREZ
CHIHUAHUA CHIH.- Por 1.50 a la sombra o 50 centavos en la resolana, los fundadores de Delicias entraban a la majestuosa Plaza de Toros que estaba en la calle 5a Norte, el sector primigenio de la moza población.
Las fieras de lidia sabrá Dios dónde los conseguirían , quizá en el campo que circundaba aquel pueblo de tierra, casas sin cimientos y alegres habitantes.
Los valientes espadas eran locales.
Arriesgaban el cuero en aras de una causa comunitaria, como lo revela este cartel guardado para usted por la familia Ruiz Fernández desde 1937.
Mario Fernández, una de las figuras de esa corrida, fue dibujante de la Comisión Nacional de Irrigación, la dependencia federal que responsable del trazo del Sistema de Riego 05 y luego del diseño de la Ciudad Agrícola de Delicias, nombre original de la futura Capital Agrícola del Estado.
Con el tiempo se cortó la coleta y se metió a la política, que seguido cuerna más recio que un burel enfurecido.
Sería suplente de Emiliano J Laing, quien según se dice era tan bravo como el más bravo de aquellos astados camperos.
Héctor Poinsot, acostumbado a la sangre, pues era doctor, completó la mancuerna de novilleros que se la rifó esa lejana tarde.
A cuatro años de fundada, ya Delicias contaba con un estanquillo expendedor de billetes de la Lotería Nacional, con compradores de suerte haciendo fila para adquirir su billete ante doña Tila Flores de Moy, en avenida 6a Norte, donde hoy está el Pollo Feliz.
Ajenos a los medios de comunicación, libres de tanta nota mentirosa y alarmista, de mañaneras y zarandajas similares, se daban cuenta de los resultados hasta mucho después, hasta que allá a las cansadas llegaba en el tren algún periódico capitalino, a veces el Excélsior, a veces el Universal.
Con 20 mil pesos como premio mayor, el ganador del gordo podía comprar el mundo.
Qué no podía hacer con tal cantidad.
Casa nueva, extravagancias como un carro veloz y aerodinámico que alcanzaba hasta 45 o 50 kilómetros por hora.
Un rancho agrícola también, quizá un viaje soñado a la CDMX o Guadalajara, por qué no una travesía interoceánica a bordo de un barco pasajero para perderse un rato en la pecadora París.
Luego vendría la cruda, el regreso a la realidad, pero ya lo paseado nadie se los quitaba.
La colección Torres Amparán le ofrece este pasaje al pasado, a los albores de Delicias, a una dimensión desconocida, a una población que se asomaba a la vida.


