Por Luis SILVA GARCÍA
CD. JUÁREZ CHIH.– Que personas inocentes, civiles en sus tareas cotidianas, mueran a causa de ataques con propósito de notoriedad, amedrentamiento, reto a las autoridades o demostración de fuerza ante rivales, es terrorismo, sin lugar a duda.
Y desgraciadamente es lo que está sucediendo cada vez con mayor frecuencia en Ciudad Juárez, como en muchas otras partes del país.
La impotencia y el coraje se apoderan de la población de esta frontera ante los ataques de la delincuencia organizada contra la población; lo mismo le ha tocado a empleadas y personas que estaban ahí por algún motivo de sus actividades, como el caso del incendio que provocaron en una tienda de conveniencia en el que fallecieron dos mujeres; igualmente hace semanas perdió la vida un mesero, empleado del restaurant donde acribillaron a dos parejas; o el caso de los 4 empleados de la estación de radio que igualmente se aprestaban a realizar su trabajo en una plaza comercial cuando fueron asesinados de improviso; y podríamos, por desgracia, seguir citando casos.
El asunto es que los delincuentes realizan estos ataques terroristas para someter u obligar a las autoridades o a sus rivales, entonces tienen el propósito de lograr ciertos fines, y para ello no les importa derramar sangre inocente.
El terrorismo no es necesariamente con fines políticos o ideológicos, en realidad es siempre con fines perversos, pues si alguien se propone lograr algo jugando con la vida de seres humanos, pues el propósito es necesariamente negativo, e indica que no existe en ellos el valor fundamental de los seres humanos, que es el respeto por la vida misma.
Y aquí nos tienen estos señores delincuentes encerrados en Ciudad Juárez, suspendiendo actividades ante la ola de terror, pues al ver que caen personas inocentes ante los ataques sin sentido, todos llegamos a pensar que a cualquiera le puede tocar y en cualquier momento.
Lo más lamentable es que la autoridad, los encargados de la seguridad, los que deben velar por el orden en la sociedad y cuidar a los ciudadanos, o se quedan callados, o hacen alguna declaración demagógica, pero no se ven acciones de fondo para resolver esta ola de terror en nuestro país.
Es hasta que pasan los hechos lamentables (ahogado el niño, a tapar el pozo) que llegan todas la patrullas y elementos policiacos y militares y cierran las calles con sus cordones amarillos y ponen retenes en 500 metros a la redonda, pero los delincuentes hace buen rato que se fueron y acaso detienen luego a algunos con cara de vago e intoxicados que tal vez fueron los operativos, pero nunca se sabe quiénes ordenan estas acciones que tienen como rehén a la ciudad entera.
Lo mismo las más altas autoridades federales que las locales poco o nada hacen por resguardar a la ciudadanía y, antes al contrario, pareciera que su accionar es en respaldo al delincuente. Desde hace muchos años las corporaciones policiacas y hasta las militares han estado infiltradas o emparentadas con los grupos de delincuencia y narcotráfico; ya no sabe uno cuales son peores, si los uniformados, los oficiales, o las bandas del crimen; o más bien parece que son los mismos, van y vienen los elementos de uno a otro bando.
Y es grave que el esquema de impunidad para los delincuentes se convierte en costumbre, desde el mensaje presidencial de no atacarlos, de que también son personas, etc., etc., hasta la actuación displicente de los policías de a pie, se construye una cortina que permite a la delincuencia actuar a como les dé la gana y erigir un real poder que ordena, somete y mata, a como conviene a sus nefastos intereses.
Y al estar Ciudad Juárez ubicada en la frontera con los Estados Unidos, precisamente en el corredor central del tráfico de drogas, pues los riesgos son mayores, los intereses son de miles de millones de dólares que corren desde los consumidores hasta las mafias ubicadas en países de todo el mundo, en diversos continentes. Por ello es que el combate al narcotráfico y la educación de nuestra sociedad deben ser muy sólidos. Pero mis amigos me dicen que si todavía creo en Santoclos.
La triste realidad del terror en que nos tienen sometidos es peligrosa, pero el complemento de este círculo vicioso es la vergonzosa ineficiencia o hasta complicidad de las autoridades y la justicia, que operan más a favor del delincuente que del ciudadano.
Las muertes de inocentes, la destrucción de negocios, la paralización de las actividades, el sometimiento de las poblaciones al crimen organizado, solo se explican ante una falta de actuación de quiénes les corresponde salvaguardar el orden y garantizar el bienestar de los ciudadanos.
Si estos, las autoridades, ven por otros intereses antes que el bien común, pues por eso andamos cómo andamos. Que Dios nos cuide.

