Por Luis Silva García
Siempre dicen que viajar ilustra. Es real, pero solamente cuando uno deja de lado la rutina, el estrés y las ataduras del regionalismo se da cuenta de la riqueza que hay en el mundo entero y de que donde estamos, el que sea nuestro entorno, en un lugar pequeño y limitado; sin que eso sea negativo, solo es real.
Las comunidades, sociedades y culturas en el plantea son muy diversas, tanto en sus costumbres, como en geografía, clima, raza, conducta, idioma o arquitectura, por lo que conocer otros rumbos y especialmente tratar con otras gentes, siempre acarreará riqueza a nuestras personas.
La estacionalidad y el regionalismo tienen sus ventajas y su sabor (nomas dígame usted a mi, que durante 20 años sufrí en la Ciudad de México en busca de un buen corte de carne, y bien cocinado, como los de Texas y Chihuahua, y créame que nunca lo encontré), pero hay que reconocer que conforme las comunidades son más pequeñas, las personas se resisten más a viajar, y no se diga a migrar temporalmente, a salir a estudiar o a trabajar en otras latitudes.
Pero sin duda la universalidad enriquece a quienes viajan a otros lugares, países o continentes, y más allá de la satisfacción visual de conocer otros panoramas o de ver aquellos sitios monumentales y famosos que nos dejan con la boca abierta, las montañas, mares, construcciones, medios de transporte que en nuestras comunidades no existen, o son de forma muy deficiente, lo que de verdad se admira es la cultura.
Cuando alguien me pregunta cómo es tal o cual lugar, trato de describir lo que me trasmitió dicha comunidad, pues la mayor satisfacción del viajero está más en el conocimiento de comunidades diferentes a la nuestra, de lo cual se puede aprender mucho.
Hace años regresé de un viaje a Cuba y alguien me preguntó por la isla: yo traté de describir lo que más admiraba de los cubanos, y era que, pese a su limitada situación económica (me parece que hoy están aún peor, pero no me ha tocado ir), indudablemente el pueblo cubano era más feliz que el pueblo mexicano. Daba gusto tratar con ellos, recibir ese afecto, diligencia y alegría que les distingue.
Era difícil describir el detalle. Analizaba y concluía que tal vez pesaba la característica de que quizá no todos tenían zapatos, pero todos tenían comida, salud y educación. Y el conjunto de conductas sostenidas genera una cultura, situación que es imposible describir y que solamente entiendes cuando convives con una comunidad.
De ahí, entonces, para mi, la importancia de viajar, de visitar otras sociedades, de convivir con la gente, de ir por los barrios caminando y poder palpar el pulso real de la comunidad, sus valores y riesgos. De todo se lleva uno algo que te hace crecer. Y además conoces lugares increíbles.
El griego tiene un puesto de comida en el mercado de San Fernando, en Madrid, España. Su rinconcito es muy especial, porque su esposa es alemana y la combinación de comida y bebida lleva elementos de Grecia, de Alemania y por supuesto de España. Pero lo que más destaca es la cordialidad con que tratan a sus clientes, que muy rápido los consideran amigos, por tanto llegan personas de todas la razas.
Con un rebosante tarro de perfectamente enfriada cerveza checa Pilsner Urquell, y un auténtico café expreso en la mesita, esa noche mi esposa y yo auscultábamos la carta tan maravillosamente combinada entre salchichas, cremas agrias con garbanzo y patatas bravas con jamón serrano.
— ¿Qué ustedes son mexicanos? bienvenidos, yo tengo amigos mexicanos, el de aquel puesto es de México y vende tacos, muy buenos; al rato viene a saludar. Es un honor conocerles, nos dijo el griego; y enseguida se volteó a decir algo, creo en alemán, a su esposa que atendía al otro lado de la barra.
De esta forma lo reciben a uno en las ciudades de Europa; cuando entra uno a un lugar comercial tiene oportunidad no solamente de tomar o comer algo, o de comprar un artículo, sino de palpar la cultura de la comunidad, de conocer a otras personas, porque hay amabilidad y buen nivel de educación para el trato.
En el mercado San Miguel, en el mero centro de Madrid un día soleado a media tarde, hay que hacer esfuerzo para entrar al lugar totalmente abarrotado, aquí si sobre todo de turistas, pero en cualquier esquina encuentras un barril de cerveza para mitigar la sed, a dos o tres euros el tarro, y se venden todo tipo de bocadillos, las famosas tapas, de manera que la gente va caminando y comiendo, pero a pesar de la multitud no hay desorden ni empujones. Me acordé de Tepito y comparé. En México si hay que cuidarse hasta de una posible agresión. Es cuando concluyes: la educación si que pesa.
En la Plaza del Sol, corazón de la capital española, puedes disfrutar unos pulpos a la gallega, o visitar una de las sucursales de “El Museo del Jamón”, con excelente variedad de esta delicia ibérica (recomiendo la calidad mediana, la súper especial es más cara que en realidad superior).
La cerveza Mahou es la que rifa en Madrid, y es muy buena, pero también hay que probar mínimo la Estrella Galicia y la Alhambra, y ni que decir de las no filtradas (tipo artesanal) que se va topando uno por ahí. Siempre de calidad muy cuidada.
En Barcelona la cerveza más popular es la Estrella Damm, poco más lager, de acuerdo a la zona costera del Mar Mediterráneo, así como la riqueza culinaria se inclina mayormente por el marisco y el desayuno tiene que arrancar con una copita de Champagne, para encender motores.
De la apabullante arquitectura catalana, conducida por la mano de Gaudi, se puede hablar interminablemente, pero basta con pararse frente a la inconclusa Sagrada Familia para entender que como seres humanos somos muy pequeños, pero a la vez como humanidad somos muy grandes.
Contemplar Barcelona desde las alturas, en el mirador de 360 grados de la Torre Glòries, es una experiencia imperdible. Puede uno ver desde el mar hasta la montañas, con los detalles de una urbe que se transformó de la industria al turismo y que contiene esplendorosos resabios de una historia milenaria, donde se respira el helenismo al igual que el modernismo.
Por el Barrio Gótico de este puerto, ubicado al lado de los grandes muelles y edificios aduanales, circulan las arterias de la población local, angostas e interminables calles con piso de piedra y altos edificios henchidos de barroco. El comercio doméstico y el tránsito de los habitantes en sus actividades cotidianas aderezan esta zona.
Ahí encuentras las pomposas funciones de teatro y presentación de artistas clásicos en grandes y admirables escenarios, como las manifestaciones callejeras por mujeres y niñas desaparecidas, o contra la guerra en medio oriente, todo con el fondo de fuentes, jardines y esa arquitectura de ensueño que caracteriza la región.
El viaje en tren bala de Madrid a Barcelona es seguro, muy cómodo, rápido, con refrigeración y más barato que el avión. El trayecto es de unos 700 kilómetros que por la excelente autopista que existe se recorren en unas 5 a 6 horas. El tren llega en poco más de dos horas. ¡Casi como nuestro tren Maya!
En las playas también reconoces la educación: pese a que hay mucha gente disfrutando el sol y el mar, nadie anda empujando ni peleando por los lugares, hay armonía, cada quien está en lo suyo. No son pocos los que llegan a andar desnudos, tanto niños como adultos y sobre todo mujeres jóvenes; y nadie dice nada, es más, ni siquiera se fijan. Han crecido con el valor del respeto.
Observar los detalles de la conducta es lo que nos lleva apreciar los valores de una cultura, e intentar entenderlos y asumirlos, no porque unos sean mejores que otros, sino solamente porque de la diversidad brota la riqueza, y por ello los viajes ilustran, pero solamente si uno los hace y los disfruta.
Sociológicamente también es válido comparar, para ubicarnos en una dimensión objetiva y juzgar nuestras situaciones y a los que son responsables de lo que pasa. Si en España y Portugal la población se queja de que aunque son Europa no tienen el nivel de vida de otro países, nosotros como tercer mundo estamos de verdad mucho más atrás.
Ve uno los vagones de metro de allá, modernos, impecables, con aire acondicionado y personas en orden, y llega a la Ciudad de México y se sube uno al metro, voltea a contemplar y concluye: de un golpe retrocedimos unos 60 años en el tiempo.
De cualquier manera, ya estamos nuevamente en la paz del hogar y lo bailado no hay quien nos lo quite. Eso si, ya preparando el siguiente viaje. No dejen de hacerlo, no permitan que se les vaya el tiempo y la vida.

