Por Luis SILVA GARCÍA
CD. JUÁREZ CHIH.- Hay menores que reciben, conservan y transmiten valores de las generaciones anteriores; aunque se nos prende una alarma porque los hechos indican que cada vez son menos, y el rumbo de la educación no es muy claro hacia un futuro, ni tampoco se alimenta sólidamente del pasado.
El jugador de beisbol de categoría iniciación (5-6 años) logró, de manera inusitada, atrapar con su guante de cuero el altísimo elevado que bateó el contrincante; corrió con fuerza y precisión desde su posición de jardinero izquierdo y, casi a la altura del short stop, cortó la trayectoria en bajada de la pelota, mientras su demás compañeros, impávidos, solo atinaban a ver lo que pasaba, pues el batazo ese fue especialmente fuerte y alto, y al caer al piso impulsaría las carreras que darían vuelta al resultado. No cayó la pelota, con lo que terminó el partido y se marcó el triunfo de su equipo.
Niños, incluso niñas que estaban viendo el juego y hasta adultos, corrieron a felicitar al jugador y a festejar la jugada. Lo más notable es que los propios contrincantes, los del equipo que perdió, se unieron notoriamente a las felicitaciones al chamaco que hizo la gran atrapada. El reconocimiento es una manifestación de los valores que tienen los seres humanos maduros y de bien, sin importar la edad.
Inclusive al rival debemos reconocerle, porque el reconocimiento a un logro es un valor de los que debemos cuidar para su permanencia e inclusive su desarrollo en nuestra sociedad, ahora que tantos elementos vertiginosos de la tecnología nos distraen y llevan hacia derroteros que, muchas veces, ignoran y destruyen los principios sociales y humanos.
Nada que ver del detalle citado, con el jugador, también de beisbol, adulto y supuesto estrella de su liga y equipo, a quien le tocó recibir, solo para entregar, por suposición en el campo, la pelota de un bateador rival que logró un récord, y en vez de dársela en la mano la tiro al piso y se la pateó. Una muestra de desprecio cuando lo que correspondía era reconocer la hazaña.
Esta escena no debería verse en un partido de cualquier deporte, ante un público, en el que figuran niños que aprecian, respetan y admiran a los jugadores que andan en el campo. Y jugadores como el de este caso no son dignos de la atención de los fanáticos, demeritan el deporte e ignoran que su figura de supuestas estrellas va a pasar más rápido de lo que se imaginan; la vana gloria se irá y no quedará nada, pues así es la fragilidad de la humanidad. No más.
En la práctica del deporte, y particularmente en el beisbol, las categorías infantiles se distinguen por el aprecio a principios, fundamentos y valores. Da un gusto ver a los chavales, niñas y niños, con su inocencia, interés e integridad, como ingieren las enseñanzas y las practican con orgullo.
Andan en los torneos y partidos ajenos a las discusiones e intereses de los mayores, así sean sus propios padres, y se concentran en la práctica de la disciplina deportiva y en la convivencia con sus compañeros, sean del color, complexión, raza, clase social, que sea. Eso es bonito.
Pero hay una falla notoria en el sistema cuando se llega a las categorías juveniles y mayores, donde los valores se trastocan, en la mayoría de los casos, para ser sustituidos por ambiciones desmedidas, propósitos de humillar al competidor, desorden, y luego hasta consumo de alcohol y drogas. Eso ya no es deporte, pero así sucede en muchas disciplinas en nuestro país.
La ausencia o debilidad de valores sociales y humanos yace en el fondo del comportamiento que se pone de manifiesto en la trampa, en los reclamos a golpes, en la negativa para entrenar o para esforzarse a fondo.
Se muestras conductas muy agresivas y conflictivas que, por naturaleza navegan contra el sentido de equipo que siempre es necesario en la práctica deportiva, aún que las metas sean individuales. Hasta el boxeador, que sube al ring solo, requiere de un equipo y sentido de equipo, más aún conforme su carrera es más exitosa.
Claro que esto no pasa solamente en el deporte, sino en general en todas las esferas de la sociedad, y las personas, en sus diferentes etapas, estamos siempre expuestos al bombardeo de mensajes que están pesando más que las enseñanzas en la familia y en las aulas. Más aún, estas últimas esferas ya también, luego, harán mas caso al tiktok que a los valores acumulados en la historia de la humanidad.
Y ¿qué hay detrás de esos mensajes de bombardeo que promocionan el logro fácil y el gozo cómodo? Pues un interés claramente mercantilista, porque la tecnología y las plataformas de comunicación están siendo utilizadas para producir dinero, antes que para educar y transmitir valores.
Por algo los dueños de Meta-Facebook, o X-Twitter, o de Apple, por citar algunos, poseen fortunas de las más grandes en la historia de la humanidad. Entonces queda claro que el primer propósito de esas compañías es obtener ganancias en dinero, y para ello nos siguen intercambiando espejitos y cuentas de colores por oro, como los conquistadores hacían con los indígenas, y la mayoría nos seguimos creyendo el cuento.
Solamente que ahora los espejitos son la tecnología y los mensajes de bienestar y riqueza milagrosos, y el oro son nuestra inteligencia y nuestros valores.
Entregamos nuestra capacidad de raciocino a cambio de un aparato caro y desechable y de la ilusión de ser feliz con una historia en redes sociales, aunque detrás de ello no haya absolutamente más que ilusión y, claro, para los dueños del circo, una ganancia económica, constante, contante y sonante.
El fenómeno es descomposición social y es global. No nos asustemos, así toca definirlo, pues se trata de una ausencia de valores que se han conformado desde los principios de la humanidad, no es un cambio, es un derrumbe; no es mejorar principios, sino sustituirlos por intereses particulares antes que el bien común.
En México sufrimos el fenómeno de manera especialmente grave porque el desgaste de principios y valores nos toma particularmente debilitados: con un esquema educativo descuidado y descompuesto desde hace muchas décadas, con un dato escandalosamente creciente de pobreza, con autoridades que muestran falta de seriedad y, en muchos casos, descarada corrupción ya casi endémica, con una riqueza acumulada cada vez en menos manos, con el crecimiento y fortalecimiento del crimen organizado. Todo esto nos pega fuertemente.
Somos, como sociedad nacional, un caldo de cultivo que parece mandado a hacer a la medida para la aplicación de los principios de descomunal generación de riqueza en la humanidad, mismos que arrasarán con cualquier situación que estorbe a sus intereses.
Ahora ¿quién podrá defendernos? Nadie, solamente nosotros mismos y nuestras acciones. Meditemos eso.

