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El mal gusto de querer coincidir con muchos

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Por Luis SILVA GARCÍA

CD. JUÁREZ CHIH.- Cuando nos referimos a la “borregada”, en el lenguaje coloquial de este México que ya se nos está yendo, es que mencionamos a aquellos que siguen a algún líder o causa política, sin reflexionar sobre la situación y solamente a cambio de algún beneficio, generalmente  pequeño y efímero, que les pueda llegar.

En algún sentido puede entenderse como ofensa a los auténticos borregos, definidos como crías de oveja, aquellos mamíferos rumiantes domesticados que integran el ganado ovino; como adultos la oveja es la hembra y el carnero el macho.

Pues los borregos son estos animalitos, de mucho provecho en la historia de la humanidad, que muestran la característica de desplazarse en manadas, mismas que generalmente siguen con facilidad a un líder o a un pastor; esa es su naturaleza y se mueven por instinto, ya que no tienen capacidad de raciocinio.

De ahí que, al referirnos a personas que se comportan como borregos, mencionemos la frase “con el perdón de los borregos”, como justificación de una licencia en el mal uso del lenguaje, pues se trata de un recurso aplicado en sentido inverso para destacar, aún sin expresar, que las personas se están dejando manipular y se comportan como si no tuvieran capacidad de razonar, que es una de las características principales que distingue a los seres humanos del resto de los seres vivos, incluyendo los borregos, en nuestro planeta Tierra.

Entonces entenderemos “borreguismo” como una manifestación común, y ahora marcadamente creciente, entre las personas, de un deseo de ser igual que las mayorías, es decir, el mal gusto de querer coincidir con muchos, que luego se aprovecha, lindo y bonito, para acarrear a las masas.

“El mal gusto de querer coincidir con muchos”, como concepto, no es nuevo, ¡que va!, ya el filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900) lo usó; y los especialistas lo explican como la condensación de su defensa del pensamiento propio frente al conformismo y la moral colectiva.

“Para Nietzsche, coincidir con la mayoría no es señal de sabiduría ni virtud: es, más bien, un síntoma de pereza espiritual, de conformismo acrítico y de renuncia al pensamiento individual.

“Esta advertencia cobra una vigencia singular en un tiempo donde la polarización, el miedo a disentir y la ansiedad por posicionarnos campan a sus anchas. Redes sociales, discursos mediáticos y dinámicas grupales parecen empujar al individuo a coincidir, a sumarse, a pronunciarse según líneas ya trazadas”.(Asencio, Juan Ángel; Una reflexión Nietzscheana sobre la autenticidad; Ethic; España 2025).

Fijémonos cómo la reflexión de este autor nos cae como anillo al dedo, y no de ahora, pues la peregrina costumbre de querer andar como todos los demás -en moda, en música que se escucha, en telenovelas que se miran en la pantalla de la sala o la recámara del hogar, en sacrificar a veces lo esencial para la familia para poder comprar lo que creemos que va admirar el vecino, como si eso fuera a dar de comer a los hijos- es acendrada hace décadas.

Esas malas mañas nos las han impuesto desde hace muchos años: particularmente se aprecian con claridad mayoritariamente entre los mexicanos desde que la radio, y luego más aún la TV, se convirtieron en el instrumento para dictar la agenda en el país.

– Ya lo dijo Jacobo. Decían las señoras (y los señores), y entonces la borregada nacional ya estaba conforme y tranquila porque el leedor de noticias oficial, Jacobo Zabludovsky, ya había dictado cómo deberían juzgar todos un hecho; y entonces ya se iban con su conciencia muy tranquila a escuchar Chucho el Roto o a ver la Rosa Salvaje; y de ahí a dormir, roncar, soñar… No molesten por favor.

Es lo mismo ahora, solamente que los mensajes se dictan con bots, con memes, con música estridente y sin sentido, con danzarines atrevidos, por redes sociales; y así todos creen que al seguir esta moda mayoritaria, al hacer lo que todos hacen, aterrizaron de golpe en el futurismo. Eso es cool, dirán.

“Al pueblo pan y circo”, establecieron los romanos hace ya dos mil años, aunque acá el ideario político mexicano logró perfeccionar y abaratar la fórmula: ahora es puro circo, el pan ya muchas veces -desde su lacerante miseria, desde su enfermedad mal atendida, desde su vejez en el abandono- ni lo reclama la manada. Basta con sentirse progresistas porque repudian al prójimo, porque odian a todo aquel que no está de acuerdo con ellos.

Y ahí están ahora las mayorías votando por la regresión involutiva nacional a cambio de unos pesos de beca o de pensión, aunque no traigan ni suela en los zapatos o la tripa les ande reclame y reclame. ¡Ah! pero ya se les fijó la idea de que están a la vanguardia ideológica mundial y ya se sienten la trompa del tren.

Es exacto el juicio de Nietzsche, que en su obra “Humano, demasiado humano”, acuña la frase citada: el mal gusto de querer coincidir con muchos, como un desafío es su particular estilo pendenciero, que no refleja más que la censura y desapego por la uniformidad intelectual y moral. El pensador deja claro que el espíritu creativo debe estar por encima del seguimiento masivo.

Para el filósofo “coincidir con la mayoría no es señal de sabiduría ni virtud: es, más bien, un síntoma de pereza espiritual, de conformismo acrítico y de renuncia al pensamiento individual”, cito aquí otra afirmación de Asensio.

No nos confundamos, el bien común requiere necesariamente coincidencias mayoritarias, pero siempre tiene que conservar su esencia hacia el bien. ¡Cuidado!, los sistemas de poder pretenden imponer las coincidencias mayoritarias en torno a beneficios particular eso sectarios para quienes detentan el poder y a favor delos intereses de quienes los hacen fuertes;y generalmente esos intereses son mezquinos o hasta francamente delincuenciales.

Claro, quien invierte en un negocio, o quien apoya una causa, luego va a cobrar factura; el problema para la sociedad viene cuando los que llevaron a un partido o personaje al poder, son ellos solamente quienes están obteniendo beneficios, aunque la comunidad entera se vea afectada.

Y para sostener la imagen y permanencia de este tipo de sistemas, que hoy en día son denominador común en el mundo, se requiere fijar una ideología, costumbres y determinado consumismo en las mayorías, en todos, si les fuera posible.

Por ello es que los conceptos y criticas en contrario al sistema, sean de Nietzsche o sean de usted, o sean de quien sean, tienden a ser censurados, minimizados y repudiados por las mayorías que viajan en el barco, navegando en aguas tranquilas, en tanto permiten que otros, unos cuantos, sacan provecho.

Si razonamos vamos a comprender que nunca nos convendrá ser “borregos” ni montarnos en el mal gusto de querer coincidir con muchos; aunque, por supuesto, es más fácil ser esclavo que ser libre.