Por Luis SILVA GARCÍA
CD. JUÁREZ CHIH.- El sol calcinaba con esa fuerza que solamente aprecian quienes han andado por los desiertos del meridiano 107W, más o menos por el paralelo 31N; arena, sol y viento de la frontera entre Estados Unidos y México, así como de los estados de Chihuahua y Nuevo México.
Ese medio día contemplaba el espeluznante y significativo muro de barrotes de metal que el primer gobierno de Donald Trump interpuso en gran parte de la división entre ambos países, haya o no haya río de por medio.
Se apreciaba a esa altura, en el poblado de Palomas, Chihuahua, que en el lado estadounidense solo había arena y algunos matorrales, por allá algún camino secundario bien cuidado, alguna instalación agroindustrial, algunos postes con cableados, todo limpio.
De muro para acá, en el lado mexicano, las viviendas se han construido hasta muy cerca de la guardaraya, muchas de manera un tanto improvisada, a veces con adobes o ladrillos, otras bardas solamente de madera, de paletas de desperdicio de uso industrial; pero parece que si son viviendas de uso permanente.
Causa tristeza ver, en el lado mexicano, la suciedad y el descuido: latas de cerveza y refresco, botellas de plástico, bolsas volando por el viento, papel, trapos, laminas y mucha más basura se acumula, va y viene y hasta se trepa, desafiante,hasta media altura del muro fronterizo , pero no pasa de ahí.
Ahora que recorría el espacio y soportaba el clima extremo caluroso y seco, con motivo de una campaña política en 2016, recordé que hacia más de 30 años que había pasado por esta población y sus alrededores en varias ocasiones.
Sin pensarlo, solo impulsado por el deseo de buscar a alguien que, sin duda, aprecias, toqué en la primera casa que me pareció habitada y rápido salió una señora joven, a la que pregunté por el apellido de la familia del entrañable amigo que era originario de este lugar.
Y si medio razón. Serán aún hoy en en día poco más de 5 mil los habitantes de este célebre punto fronterizo –famoso por ser el lugar por el que incursionó Pancho Villa en su ataque a Columbus–, así que prácticamente todos se han de conocer.
Me dijo la señora ese día que sí sabía de esa familia y que creía que ya no vivían en esta población. Yo en realidad hacía tiempo tenía datos claros de que mi gran amigo se había asentado un una ciudad de Estados Unidos, pero eso no me iba a bajar el afán de buscarlo, si ya estaba ahí, donde nació y vivió, y donde conocí a su familia y le acompañe lo mismo en bodas que en funerales, aunque eso hubiera sido en nuestra ya lejana juventud.
Convivimos en deportes, en actividades académicas, en trabajos comunitarios, en asuntos familiares míos, en asuntos familiares de él; cuando ambos estuvimos lejos de nuestras casas familiares, nos apoyamos y acompañamos; cuando nos tocó estar en la misma ciudad de mi casa familiar, pues con esto él también tuvo una casa familiar. Y todos le apreciaron enormemente. Esa es una gran cualidad que tiene como ser humano.
Nos levantábamos de madrugada a entrenamiento físico, para aprovechar sus enormes condiciones como deportista y tratar de seguirle el paso, aunque eso era imposible por su condición y cualidades innatas: estatura de casi dos metros, notoria fortaleza y prácticamente ni un gramo de grasa, en aquellos años.
En el basquetbol pude participar en equipos de un nivel que no me correspondía gracias a que me acoplaba y practicaba con mi amigo, de manera que salía él corriendo y yo sabía hasta donde era capaz de llegar, entonces solamente le lanzaba el balón de manera sorpresiva, sea por altura o hasta a ras de la duela, por donde nadie esperaba que fuera, pero él alcanzaba a llegar y de ahí ya iba solo a la canasta.
En el futbol fui testigo de que se colocara como líder de goleo en el torneo, con más de 40 tantos, mientras que el siguiente jugador no llevaba ni siquiera 10. Él se aventaba de tres o 4 goles por partido y, claro, con ese fenómeno, nuestro equipo destacaba.
En el beisbol casi en cada partido los contrincantes lo querían protestar, porque si pichaba podía hacer juego perfecto y con el bat en cada turno daba jonrón. Deportista nato, de esos que cualquier deporte que practiquen lo van a dominar.
— Tu deberías buscar un espacio en el deporte profesional. Le decía yo cada vez que podía. Pero él explicaba su preocupación por las situaciones de su familia y argumentaba que por ese motivo no podía alejarse de los suyos.
Y efectivamente, situaciones se dieron que le obligaron a retirase temporalmente no solamente de las actividades deportivas, sino también de las académicas. Y así, con el tiempo, esos retiros para atender asuntos de su familia se fueron repitiendo y se fueron haciendo cada vez más frecuentes, hasta que no regresó más.
Solamente cuando su ausencia fue definitiva resultó que el aprecio por esta persona se hizo más notorio y entonces, al saber de nuestra gran amistad, todos me preguntaban por él. Situación que prevalece.
Así se acumularon los días, los meses, los años; todo aquel grupo tomamos caminos diferentes y en la mayoría de los casos pasaron años y años para volver a cruzar nuestros caminos.
Pero en cada ocasión que hablaba otra vez con algún excompañero de la juventud, me preguntaban por mi amigo. No se diga en mi casa, mis padres y mis hermanos siempre querían tener razón de él y mostraban el cariño que siempre han tenido por esta persona.
Mi padre, que falleció en 2022, hasta los últimos días de su vida me preguntaba por mi amigo y me pedía que se lo saludara por favor. Siempre recordaba cuando jugaban beisbol, mi padre ya veterano, mi amigo aún muy joven.
Una tarde muy reciente el teléfono timbró y mostró un número extraño. La primera vez colgué sin escuchar nada; pero insistió y ahora si inmediatamente le reconocí la voz, pese a que el audio era muy deficiente.
— Oso, me dijo, hablándome por mi apodo de la niñez. Habían pasado como 40 años desde la última vez que contactamos, pero entre una mezcla de sobresalto, nostalgia y alegría por saber de él, advertí que la amistad estaba intacta.
Hablamos sin parar y recordamos episodios por un buen rato.
— Éramos como uña y carne, dijo El Pollo (ese era y sigue siendo su apodo, casi nadie lo conoce por su nombre).
Y yo corregí:
— Solos como uña y carne, no importa el tiempo que haya pasado, seguimos siendo los mismos hermanos por gusto y aprecio.
— Parece que fue ayer. Agregué.
— El recuerdo haciéndose presente. Concluyó mi amigo.
Estamos preparando el encuentro físico y ahora si a dar razón a todos de que el gran amigo apareció y esa cualidad humana suya, que siempre le distinguió, está ahí impasible.
Este aprecio que algunos destilan –no todos– es una realidad que no se puede ocultar, que aunque luego no pueda definirse con exactitud, está ahí y todos la perciben y la disfrutan. El Pollo es de esos elegidos por Dios.
Mi esposa, que no conoce a mi amigo, me ha dicho:
— Yo ya quiero conocerlo, porque todos tus amigos y parientes te preguntan siempre por él y se nota que todos lo quieren mucho.
Cuando me reencuentro con mis amigos, aunque haya pasado muchísimo tiempo, siempre es como si no hubiéramos dejado de vernos. Gracias, Dios, por la virtud de la amistad.

