Por Luis SILVA GARCÍA
CD. JUÁREZ CHIH.- El frio calaba hasta los huesos en esta pequeña población del desierto y sus extremos: cuando es invierno hay frio penetrante y nevadas intensas; y en verano el calor es abrazador, antesala del infierno. La vida no es fácil y menos cuando los recursos son exiguos.
Llega diciembre y sus posadas, decían los adultos en medio de sus trabajos de carga en el mercado;se desplazaban en el lodo del piso de tierra con agua que nadie sabia de donde provenía, pues para tomar escasamente había. Pero ahí estaba el barro siempre a la hora del trabajo y cuando los niños, algunos de ellos descalzos, corrían hacia la escuela primaria, a toda velocidad, para ignorar el frio, la suciedad, la vida difícil.
A mediados del siglo XX en esta población no había infraestructura, pavimento, ni salones escolares adaptados.La mayoría de las casas eran de adobe, existía incipiente comercio con un mercado que se construía a duras penas; la agricultura era la promesa de trabajo y los pobladores llegaban de muchos derroteros. Pero siempre había que cargar con el agreste clima.
Dentro de la habitaciones el tiempo era pasable, gracias a la termicidad del adobe y de los techos de tierra, pero había que encender los calentones de petróleo, aquellos cilíndricos, de un metro de altura, alargados, de lámina, con un depósito recargable de combustible en su base y a veces con bombilla circular de cristal. Y claro, había que ir a las largas filas para comprar el petróleo en cubeta y traerlo a casa; si había con qué, y en qué.
La escuela primaria era nueva, construida con block de cemento; y ahí estaba el detalle. Pasaban por alto que en estas latitudes es casi inutilizable el block de cemento, al menos para construcciones habitables, pues tanto el frio como el calor las hacen precisamente inhabitables.
En esos días de nevadas y temperaturas bajo cero se recurría al calentón universal y único a la mano: sacar a los niños de las aulas y formarlos frente a la larga pared del patio a la hora que pegaba el sol, para que agarraran un poco de calor.
Ya en casa, de regreso de las clases y en proximidad de la Navidad, se gozaba del ambiente, del calor y aromas de la cocina y de la expectativa del alimento. Desde las ventanas se contemplaba el panorama de la naturaleza vestida de blanco y a la distancia el humo que serpenteaba hacia el horizonte, producto de cocinas o tal vez chimeneas. Precia elevar sueños e ilusiones.
Había un ropero –mueble tipo closet, para ropa, que no era empotrado a la pared, sino movible, aunque muy pesado– que usualmente se colocaba de canto en una esquina de la habitación donde dormían los niños. Hacia unos días que dicho armatoste había sido colocado de forma cruzada a la esquina, de manera que quedaba un hueco en el rincón.
El mayorcito de los hijos, con el afán de destacar y hacerse importante, decidió acabar con la magia de la Navidad y dijo a los más pequeños: “Ya descubrí quién es Santa Claus y el engaño en que nos tienen con los regalos de Navidad, todo es un invento de nuestros papás”.
Y los llevó hasta el ropero y preguntó: ¿qué pidieron para Navidad? Uno de los chiquillos dijo que un camión, otro que un tren, la niña dijo que una muñeca; el mismo inquieto interrogador reveló qué él había pedido un juego de canicas.
Pues a la fuerza retiraron el ropero y en la parte de atrás encontraron lo que habían pedido, desde luego que en versiones mucho más modestas de las que su imaginación habría forjado, pero ahí estaban, con un cúmulo de otras cosas que seguramente eran regalos para toda la familia.
El chico mayor había traído desde sus compañeros de escuela el contra cuento para acabar con el cuento de la Navidad, pero se quedó pensativo cuando sus hermanos no le siguieron su cuento, pues simplemente guardaron unánime silencio y así se sostuvieron, sin comentar nada, durante los días que aún faltaban para el 24 de diciembre.
El intenso frio se extendió por varias semanas y el manto blanco de nieve amplió su fondo para una época navideña que invadió el entorno con sus villancicos, bebidas calientes, biscochos, fiestas, comidas especiales y, si se podía, pues el pavo, que se horneaba y compartía en esa fecha de conmemoración del nacimiento de Jesucristo.
Esa noche, en la mesa, lucían las vajillas especiales, manteles planchados, platos y tasas adornados, aquellos vasos de cristal que solamente una vez al año salían de las vitrinas y que estaban marcados por cada miembro de la familia.
Desde temprano se habían cocinado crujientes buñuelos, tamales rojos de puerco y de dulce con pasas, arroz con elote, puré de papas, todo para acompañar al pavo y su relleno, proveniente de aquel animalito que se crio en el rancho de un amigo y se trajo al patio de la casa para sacrificarlo, limpiarlo, hervirlo y luego prepararlo al horno. Así se hacía entonces.
Había un árbol navideño en la sala, compuesto por una rama natural de pino, un poco ladeado, con esferas disparejas y con foquitos de colores, aunque unos prendían unos días y otros los siguientes, porque había que andar supliendo a los fundidos.
Pero el centro de la fiesta era el Nacimiento, una obra de equilibrio e ingenio que se colocaba en toda una pared de la sala con la representación en bulto del nacimiento del Niño Dios, con base de piedras y creación a escala de elementos naturales, y al centro las figuras de la Sagrada Familia y acompañantes, en un portal, como en Belén, y con un pesebre y paja, donde, hasta el punto de las cero horas del día 25 de diciembre, se colocaba la figurita el Niño Jesús, ya muy gastada –inclusive podría tener alguna extremidad parchada–, pero ello no restaba la devoción con que se ejecutaba el ritual de la Navidad.
Estas escenas y muchas más estaban ya tatuadas en las memorias de los niños de la época; así se veneraba y disfrutaba la Navidad,y por ello los chicos, ante la modernista revelación de su hermano mayor, callaron en acuerdo espontaneo e implícito, y ese 25 de diciembre, como todos los demás, a la hora de abrir sus regalos, los disfrutaron con infranqueable alegría y agradecimiento. Inclusive el del juego de canicas, el mayorcito, el descubridor de la identidad de Santa Claus, levantó su regalo con enorme sonrisa y salió corriendo a festejar.
Es la Navidad. Y aunque el dicho sea muy trillado y simple, no deja de ser contundente:La Navidad no es toda esa parafernalia y sus accidentes: Si tu lo deseas, la Navidad está solamente en tu corazón,es tuya, como tu Fe.

