Por Luis SILVA GARCÍA
CD. JUÁREZ CHIH.- La ética periodística son los principios y normas morales que guían la conducta del periodista a enfocarse en la veracidad, independencia, responsabilidad social, y respeto a la dignidad humana, para garantizar un periodismo justo, riguroso y de servicio público, especialmente crucial en la era digital para combatir la desinformación y las fakenews.
La definición y los conceptos son universales, pero desgraciadamente en México han venido a caer en franco desuso desde hace muchos años, por lo que, a propósito, es emblemática aquella anécdota de los años 1960s, que da lugar al termino “chayote” como sinónimo del dinero que se reparte a los reporteros a cambio de proteccionismo.
Existen varias versiones del surgimiento de este singular apelativo y la más popular dice que, en una gira presidencial de Díaz Ordaz, el encargado de la prensa reunió en despoblado a los reporteros para repartirles su sobre con dinero, pero quiso hacerlo de forma un tanto discreta, por lo que los fue llamando uno por uno, y se colocó atrás de una planta de chayote que había en el terreno, para evitar que los demás vieran el detalle.
Así, los reporteros fueron desfilando por su embute y al tocar el turno de cada quien, los demás hacían mofa con frases como: “tu turno al chayote”, o “pasa por tu chayote”, o algo así, de manera que la referencia se quedó para siempre y a los periodistas corruptos se les menciona como “chayoteros” hasta el día de hoy.
Claro que en ese momento no se estaba instituyendo la corrupción en los medios informativos o en la política mexicana, solamente se estaba “institucionalizando” un término que resultó perentorio, no, a esas alturas la corrupción ya era endémica en nuestro sistema, tanto así que era común ver los “moches” como algo cotidiano y quienes estaban involucrados en dichos hechos se sentían con derecho a realizarlos para su beneficio.
Se decía, como para justificar: “de todas maneras el gobierno roba”, o “si yo no tomo el dinero, alguien lo va a tomar”, también “no le pido a Dios que me de, solo que me ponga donde hay”, o le explicaban al periodista “solo te quiero dar la oportunidad de que recibas un pago sin hacer nada”. Estas y otras expresioneseran ejemplo, como digo, de una corrupción endémica en México.
En los años 1990s, cuando me tocó dirigir el periódico Norte de Ciudad Juárez, llegó a mi oficina un sujeto que pretendía trabajar como reportero; no poseía formación especializada y, hasta donde pude auscultar, tampoco habilidades para el oficio ni valores para ejercerlo con propiedad.
Rápido le informé que en ese momento no estábamos contratando personal; pero lo que si traía el sujeto era enorme arrojo y desvergüenza, pues afirmó: No se apure por mi, yo no necesito salario, solamente deme la credencial de prensa y yo me encargo de obtener mi dinero”. Y fatalmente esa era una costumbre muy común en los medios de comunicación: no pagar, o pagar una miseria, en el supuesto de que todos iban a cobrar el “chayote”.
Es pertinente dejar establecido que durante todos los años que trabajé en periodismo siempre censuré las prácticas corruptas y me esforcé por tratar de cambiar las situaciones, cuando estaban en la esfera de mi alcance. Pero también estoy consciente de que quienes navegábamos en la corriente del periodismo serio y sano éramos pocos, una minoría que en todo el país, en ocasiones, casi se contaba con los dedos de una mano.
Con el despertar democrático en todo el mundo, que se expresa desde la caída del muro de Berlín hasta la alternancia política en naciones latinoamericanas, incluyendo a México, algo se avanzó en el ejercicio del periodismo: mejoraron un poco los salarios de los periodistas, hubo más esfuerzos por capacitar al personal especializado, a nivel nacional se intentó combatir la corrupción con programas institucionales, crecieron la contraloría y la rendición de cuentas en el sector público.
Pero esas referencias lucen insuficientes y endebles ante un enorme problema de corrupción que, al parecer montado en la teoría de la “ley del péndulo”, se ubica con mayor claridad y fortaleza en el actual contexto de gobiernos ligados a intereses oscuros, así como en los índices de pobreza e ignorancia en franca escalada.
Ya desde hace unos 40 años el gremio periodístico internacional, de países del primer mundo, con formación profesional y buenas condiciones de trabajo, se sorprendía cuando conocían los bajos salarios, falta de prestaciones, casi nula preparación, y demás condiciones críticas del periodismo en México.
En los años 1980s una destaca reportera española, que trabajaba para el periódico El País, de Madrid, España, no daba crédito a que en el periódico mexicano La Jornada se publicaran notas informativas pagadas por el gobierno. Pero tuvimos que demostrarle que así era la práctica común en México, aunque en otras naciones eso se considera corrupción, por que en realidad así es: contratos oficiales para que el medio proteja al gobernante en turno.
Podrían completarse cuartillas y más cuartillas de sucesos de esta naturaleza, desde los 250 millones de pesos que Joaquín López Dóriga cobró en el sexenio de Peña Nieto, hasta los innumerables medios de comunicación nacionales y locales, electrónicos y escritos, que han forjado fortunas con cobros a los gobiernos y con alianzas en esferas del crimen organizado.
Y así andábamos: éramos muchos cuando parió la abuela –aplica el dicho–, pues los cambios vertiginosos que han llevado al periodismo tradicional, escrito, tv y radio, prácticamente al borde de su extinción, con la aparición de las plataformas que todo mundo trae siempre a la mano en sus teléfonos celulares, no abonan para la recuperación de la ética periodística, sino antes al contrario, la arrinconan más en el olvido.
Si antes comentábamos que, para ejercer el periodismo escrito por lo menos habría que saber leer y escribir, es decir, estar mínimamente alfabetizados, pues ahora, con la redes sociales, cualquiera, sin conocimiento de ninguna especie y sin valor humano alguno, puede subir contenidos que despliegan el comportamiento humano hasta más allá de la época cavernícola.
Pero el daño de esta comunicación descontrolada aún no se puede evaluar, pues lo que puede llegar a afectar en la conducta de las generaciones futuras no hay aún quien lo avizore.La comunicación se deteriora y se transforma de manera peligrosa, con serias consecuencias en el pensamiento y conducta de las personas.
Solamente sabemos que los cambios han llegado y nos han tomado por sorpresa, sin una preparación adecuada y sin valores humanos solidos, pues desde hace muchos años en México no hay un esfuerzo serio por mejorar la educación. De principios y normas mejor ni hablar, cuando cada gobierno manosea la Constitución a como le conviene a sus aliados.
Por ello nos asusta que se escriban frases y mas frases sin siquiera las mínimas reglas de ortografía, menos aún con sentido serio y fundamento en la expresión; y lo peor: en ocasiones es la misma autoridad quien enuncia con notorias deficiencias.
Cuidado, el riesgo aumenta: así como se ha pensado que la corrupción es normal y lícita en muchos momentos, igualmente se puede concluir que otros delitos sean práctica común y aceptable, de acuerdo a conveniencias o hasta a pereza mental. Par allá vamos.
En esta comunicación que a todos llega muy rápido y seguramente les influye, no se ve mucha veracidad, independencia, responsabilidad social, y respeto a la dignidad humana; por lo que tampoco aparece justicia, rigor en el ejercicio del periodismo y menos aún servicio público, como debiera ser.
Si podemos reflexionar sobre esto, debemos hacerlo, y debemos siempre señalar la pérdida de valores y principios en nuestra sociedad. Hagamos lo que nos toca y no permitamos que nos impongan esquemas anárquicos, desorden e ignorancia, porque estos siempre va a afectar al bien común.

