Por Luis SILVA GARCÍA
CD. JUÁREZ CHIH.- Los chamacos de aquellos años y de aquella población pequeña del norte de México nos la pasábamos ideando vagancias, aunque estas fueran un tanto ingenuas (como todos los chamacos de esa edad y de todas las poblaciones, me imagino, aunque para uno la infancia es única… y así es para todos).
Salíamos de la escuela primaria en la tarde (porque íbamos a clases en la mañana, luego a comer a cada casa y por la tarde otra vez a clases), ya para ponerse el sol en verano, y se nos hacia fácil irnos en grupo a jugar beisbol al pueblo vecino, a unos 7 kilómetros de distancia.
Y pues se hacía de noche y ahí andaban nuestros papás preguntado quién nos habría visto pasar y hacia dónde, para adivinar y descubrir cuál sería el plan de los chamacos vagos. No era difícil dar con la banda: podrían ir a la casa de uno de los amigos, a los llanos del poniente donde jugaban, a los canales a pescar cangrejos y, lo más aventurado, a Meoqui a jugar pelota.
En esos años Ciudad Delicias, Chihuahua, era una población pequeña donde prácticamente todos se conocían, además los índices de violencia no se disparaban aún; de repente andaba algún raterillo por ahí, pero nada de consumo de drogas; esos “lujos” eran solo para prominentes en esos años, y ellos no andaban nunca en las calles. Era seguro andar por la ciudad, hasta para los niños.
Lo más riesgoso era que te toparas con “La Pipitoria”, aquella señora desaliñada y afectada de sus facultades mentales, algo agresiva, a quien lo niños le gritaban y ella respondía hasta a pedradas. Había que cuidar el golpe. Nunca me tocó.
Pero fácilmente aparecería algún adulto a poner orden, como Don Chón, el vendedor de nieves artesanales (dirían hoy), quien andaba permanentemente recorriendo las calles e intervenía para evitar debacles entre esta persona y los chamacos. Pero igualmente podría aparecer el Padre Moreno, o cualquier otro adulto, y calmar las tempestades.
Una mañana de vacaciones grandes (las de verano) jugaba con mi amigo y vecino Marcelino en el patio de nuestra casa. A mi siempre me llamó la atención encender fuego, por lo que cayeron en nuestras manos unos cerillos de madera y fuimos a recoger ramitas y formar pequeños fuegos en el patio, solamente para observar la combustión.
Repentinamente llegó una ráfaga de vientos de aquellas que solamente en estas zonas desérticas aparecen: muy poderosas y repentinas. (En Delicias, en los primeros años de urbanización, había bastidores de madera afuera de los negocios, como los que aparecen en las películas de vaqueros para amarrar a los caballos, pero estos eran para amarrar a los automóviles, porque llegaba a arrastrarlos el viento).
Pues una ráfaga de esas llegó y arrastró el fuego a la madera seca de un cuarto que mi papá había construido en el fondo del patio, donde guardaba sus herramientas de carpintero, entre montones de cosas más.
El cuarto tenía techo igualmente de madera empapelada, una ventana y puerta formales. Yo le llamaba “La Casita”. Pues toda la madera encendió con asombrosa rapidez y ahí vamos a avisar a mi mamá, quien corrió a llamar a los bomberos, cuya estación estaba a una cuadra de distancia.
Recuerdo que llegaron en el camión que llamábamos “La Bombera” con sus mangueras textiles de diámetro muy grande, que extendieron por todo el pasillo de la vivienda para cruzar hasta el patio y ahí atacaron el fuego con agua.
Extinguieron el fuego, pero de la casita quedaron solamente restos de madera carbonizada y algunos fierros retorcidos de lo que era la herramienta de mi papá. Por fortuna el cuartel de bomberos era casi nuestro vecino (vivíamos en el mero centro geográfico del trazo de la ciudad, a la vuelta del reloj público), ya que en el cuartito mentado se guardaban botellas y hasta un tambo de petróleo.
Claro que las advertencias, regañizas y castigos se prolongaron por varios meses, pero me salvaba mi ingenio, mismo que me permitía lograr las mejores calificaciones en mi grupo de primaria y servir útilmente en actividades del hogar, por lo que antes que castigado era reconocido. Era feliz.
Y ahí esta siempre Doña Lola, mi abuelita materna, quien le decía mis papás, para tranquilizarlos, que aquello había sido un accidente sin mala intención, que no afectaba la conducta de ese niño productivo y brillante.
Así que mi afición por el fuego resultó incólume, y ahí andaba luego, ya en secundaria, con mi amigo Piolín, sustrayendo a hurtadillas paquetes de cajas de cerillos de las tiendas, para luego colocar largas hileras en las rendijas de los pupitres, un cerillo junto a otro, con las cabezas hacia arriba, para encender en un extremo y ver como el fuego recorría fantasmagóricamente hasta el otro lado.
También fabricábamos “cohetitos”: se juntaban varios cerillos de esos de palito encerado, se encerraban las cabezas lo más fuertemente apretadas con papel de aluminio en forma de pico hacia arriba; luego se abrían la patas de los cerillos para logar soporte; solo se dejaba un cerillo con la cabeza hacia abajo como mecha de encendido.
Al colocar ese artefacto en el piso a cielo abierto, se le encendía con otro pequeño fuego y si salían volando los cohetitos a veces hasta por unos metros de altura. Por la noche, con la oscuridad, el espectáculo era más atractivo. El papel de aluminio lo obteníamos al retirarlo cuidadosamente de la cobertura interior de cajetillas de cigarros.
Luego había ocasiones en que lográbamos obtener algunos cuetes y palomas de pólvora para tronarlos, así como las tradicionales luces de bengala de festividades. En realidad esto que describo y las fogatas campiranas cuando andábamos de exploradores o senderistas, fueron mis únicas experiencias con el fuego, aunque yo siempre dije que me gustaba jugar con fuego.
Disfrutaba escuchando las explosiones de los cuetes y viendo los fuegos artificiales hasta que llegué a vivir a la Ciudad de México, donde permanentemente hay festividades que celebran con peregrinaciones y cuetes, y duran hasta semanas enteras tirando cuetes día y noche. Eso es muy molesto. Ahí se acabó mi gusto por los cuetes.
De aquellas aventuras en Delicias los recuerdos son muy gratos; nos tocó una ciudad y una sociedad en la que se podía disfrutar la niñez sin mayores riesgos y trabas. No había aparatos con alta tecnología ni juguetes sofisticados, a veces ni recursos para el cine o la televisión, pero tal vez eso provocaba el desarrollo del ingenio y el ejercicio de la inteligencia.
Hoy en día se recomienda a las personas que, conforme avancen en edad, hagan más esfuerzo por ejercitar la inteligencia y así posterguen la atrofia natural del paso inexorable del tiempo.
Somos muy afortunados quienes desde niños experimentamos ese tipo de raciocinio y ahora podemos valorar la salud, la madurez, la paz, la experiencia y la convivencia, para disfrutar este regalo increíble que se llama vida.

