Por José Luis JÁQUEZ BALDERRAMA
CHIHUAHUA CHIH.- La crisis económica y la corrupción han generado un fenómeno en la política conocido como la “personalización” es decir hombres y mujeres sin partido surgidos de la sociedad civil. Son los nuevos líderes políticos o neopopulistas que rebasan a los propios partidos.
No se descarta que personajes con dichas características sean designados como candidatos a puestos de elección popular para el 2027 en México. Ya no importan las ideologías.
El llamado neopopulismo se presenta, sin lugar a dudas, como un fenómeno específico en la política latinoamericana. Y son los partidos políticos, en gran parte responsables, porque no entendieron la profundidad de su aislamiento con la sociedad. No hicieron mucho por reconstruir sus vínculos con los electores, ni por democratizar sus estructuras. Hoy manda la división y corrupción, como sucede en México, incluso coludidos con el crimen organizado.
Lo que caracteriza la llamada “personalización” de la política en –Bolivia, Nicaragua y Venezuela- es el apego a discursos emotivos que tienden a criticar a las instituciones democráticas tradicionales, al mismo tiempo que promueven programas de gobierno de tipo liberal.
En los nuevos liderazgos, ciertamente, se detectan los “caudillos electorales” que prometen resolver todos los problemas, esto estamos viendo en nuestro país.
El populismo supone como condición la exacerbación del líder y, en consecuencia, una personalización del poder y de la política, respectivamente, así lo demostraron Fidel Castro y Hugo Chávez. Ahora, Daniel Ortega.
El auge del neopopulismo revela una situación de “desobordamiento” institucional, en la que la actividad política supera a las instituciones e instala de esa forma en redes informales (líderes, grupos comunitarios, organizaciones sindicales, etcétera) que prometen el cielo y las estrellas, aunque la nación siga endeudándose.
El líder popular – mesiánico, carismático o jefe único- promete hasta lo imposible y tiene aceptación. Se cree un iluminado.
El líder carismático ha llegado a la presidencia de un país, el mejor ejemplo es Venezuela con Hugo Chávez y después con Nicolás Maduro.
Los líderes y actores carismáticos en América Latina emplean tácticas a nivel electoral de tipo populista con el único fin de captar a las masas y, por supuesto, obtener en esa misma medida el poder.
Apelaron a la confianza y apoyo popular, desarrollando posteriormente programas de transformación económica tipo shock, por supuesto con pésimos resultados.
La realidad es que estos nuevos “jefes políticos” una vez en el ejercicio de su administración, y a parte de desarrollar programas de gobierno opuestos a sus respectivas campañas, tienden a la práctica de un liderazgo caracterizado por la concentración del poder por el poder.

