- 65 años de la Clínica San Carlos de Norogachi
Por Luis SILVA GARCIA
CD. JUÁREZ CHIH.- La Sierra Tarahumara, con toda su fama de majestuosidad, hasta hoy en día no deja de ser un lugar lejano para la mayoría de las personas; inclusive un lugar desconocido para muchos de los habitantes del estado de Chihuahua, cuya población se concentra muy mayoritariamente en las urbes de la planicie.
Imaginemos entonces como sería complicado su acceso, y todas la actividades, hace 65 años, en 1961, cuando iniciaron las labores de la Clínica San Carlos en la población de Norogachi.
Todo era muy rudimentario, difícil; pero esto no arredró a la Madre Canisia Malzer, superiora provincial en México de la Congregación Hermanas de la Caridad de San Carlos Borromeo, y dejó a su principal apoyo, la Madre Aloisia García, en Parral, pues siendo contadora de profesión, conseguiría y manejaría recursos para arrancar la clínica, y se lanzó a la sierra, a abrir la clínica en Norogachi. Así empezó todo.
Por estos días se están conmemorando los 65 años de arranque de los trabajos de este esfuerzoha sido quizá el más importante apoyo a la salud de la etnia Tarahumara, y es obra de las Hermanas de la Caridad de San Carlos Borromeo, que con el tiempo han recibido apoyo de personas y sectores de muchas partes.
Existe un recuento de acontecimientos con el nombre “Apuntes y testimonios sobre 60 años de trabajos por la salud. Clínica San Carlos de Norogachi en la Sierra Tarahumara”, recopilado por Margarita Valverde Armendáriz en 2021, del cual me permito tomar relatos y especialmente rescatar textos que nos dan a conocer aspectos de esta importante obra social.
La Congregación de las Hermanas de la Caridad de San Carlos Borromeo, fundada en Francia en el siglo XVI y actualmente con sede en Viena, Austria, ha mantenido casas y trabajos en muchos países de Europa y Asia, por lo que a principios de los 1950s decidieron expandirse a América, en concreto a México.
Nos relata Margarita Valverde: “Para esta misión eligieron a Las Madres Canisia Malzer y Claudia Fellner, quienes viajaron a Roma para recibir la bendición del Papa Pío XII y se embarcaron en abril de 1952 rumbo a Chihuahua, México. Las Madres fueron recibidas por el señor Fellner tío de la Madre Claudia y empezaron a trabajar en el mes de noviembre en el Hospital de Ciudad Delicias”.
Para finales de 1953 las madres ya estaban en Parral, donde florecieron sus iniciativas para el trabajo asistencial a desprotegidos, en la casa hogar y en el asilo de ancianos, y empezaron a sumar vocaciones, por lo que tuvieron su primer casa de formación en México, y las primeras novicias y religiosas profesas locales.
A solicitud del Obispo Salvador Martínez Aguirre, de la Tarahumara, y ante las carencias de atención de salud, el 26 de abril de 1961 llegaron a Norogachi, en avioneta, la Madre Canisia y las religiosas mexicanas Rosa Acosta y Magdalena Palencia. La misma Madre Canisia relató que al llegar a la pista el Obispo les dijo “Vean allí las espera Jesús Sacramentado en sus pobres y enfermos”.
Y de inmediato pusieron manos a la obra, como lo refleja en sus textos la Madre: “Nos pusimos a trabajar carentes de todo y con muchas dificultades tanto para atender enfermos como para vivir nosotras, solo con medios rústicos que nosotras mismas nos proporcionábamos”.
Existe poca documentación de ese azaroso arranque de lo que luego es la clínica, por lo cual doy el peso que corresponde a lo poco que se conserva de lo que escribió la propia iniciadora de esta obra:
“En Viena la Congregación empezó a dar a conocer nuestra Misión en la Tarahumara. Así surgieron bienhechores que enviaban donativos a través de nuestra Madre Superiora General Inmakulata Oskarkany. Así, con la ayuda de nuestras hermanas de Viena y nuestros bienhechores austríacos, se pudieron hacer los trabajos de acondicionamiento y construcción del hospitalito y la casa habitación de las hermanas.
“Mientras se llevaban a cabo estos trabajos fueron duras las condiciones en que tuvimos que vivir. Todos nuestros recorridos los hacíamos caminando, no contábamos con otros medios”.
El hospitalito que menciona en realidad era una bodega que les proporcionó la misión jesuita, donde adaptaron la primera cama con paja para atender a la primera paciente que inmediatamente llegó. Las Hermanas Siervas del Sagrado Corazón, que trabajaban en la escuela, les facilitaron un lugar para su estancia, era en dos plantas sin escalera, no había puertas ni ventanas y con sábanas improvisaron divisiones.
Así fueron trabajando los primeros tres años y destaca en los reportes que siempre tuvieron ayuda de los sacerdotes jesuitas, de las religiosas que ya trabajaban ahí y de la población mestiza e indígena. Se integró un buen equipo en torno a esta obra, con el deseo de atender las apremiantes necesidades de salud y nutrición.
Y aunque así ya operaba un lugar para servicios de salud atendido por las religiosas enfermeras y eventualmente por médicos de paso, el proyecto era mucho mayor, como las necesidades mismas, de manera que el 25 de febrero de 1964 se colocó la primera piedra de lo que vendría a ser el edificio la Clínica San Carlos.
Con este registro queda muy claro que las religiosas pioneras trabajaron los primeros tiempos en donde pudieron y como pudieron; era una clínica que no tenía doctores y ellas, con su experiencia de enfermería, vocación de servicio, buena voluntad, y ante la imperiosa necesidad, llegaron a realizar cirugías y atendieron centenares de labores de parto. Todo ante la demanda de servicios en la región serrana, Como le hacían, si no tenían prácticamente nada: Es la Divina Providencia, contestaban.
Pero la Divina Providencia no trabaja sola: requiere del esfuerzo de las personas, y así describe Margarita Valverde en su recopilación: En Parral la Hermana Aloisia García se encargaba de administrar donativos, hacer las compras y buscar el traslado de materiales. Ella llevaba la contabilidad de la construcción.
Recibía los donativos y los depositaba en el banco, hacía los pagos de material y fletes. La lejanía de Norogachi presentaba obstáculos y dificultades, tanto para el traslado de materiales, como para el pago de la nómina que se hacía cada semana. En opinión de la Hermana Bertha Olea, la Madre Canisia y la Hermana Aloisia, construyeron el edificio.
Para conseguir los vidrios, láminas del techo, tubos de drenaje de fierro, chapas para las puertas, tazas sanitarias y todos los materiales del baño, las Hermanas se trasladaron personalmente a Monterrey y por medio de la familia Llaguno, consiguieron todo el material a bajos precios y algunos regalados.
La construcción de la Clínica duró cerca de un año y hubo dificultades para conseguir el material y el transporte, especialmente en tiempo de lluvias o descompostura de los camiones. Para abastecer de agua se abrió un pozo y también se usó agua del río.
Por fin, escribe Madre Canisia: “Después de muchas preocupaciones de la M. Aloisia para enviar el material necesario y el dinero para hacer el pago puntual de los trabajadores, y en Norogachi la constante vigilancia de los trabajos de construcción, empezamos a ver el final de la construcción de la Clínica”.
El 25 de marzo de 1965 el Sr. Obispo Don Salvador Martínez Aguirre, S.J., bendijo la Clínica. Para este acto invitaron: “Personas bienhechoras de Parral, Monterey, Chihuahua y otros lugares, a todos los trabajadores que participaron en la construcción y sus familias, a los tarahumaras, a los vecinos de los ranchos y alrededores y a todo el pueblo de Norogachi en general. Acudieron cientos y cientos de personas”.
Relata la Hermana Canisia que antes de la bendición, el Sr. Obispo “hizo una explicación del significado de este acto e invitó a que hiciéramos una acción de gracias todos unidos, en este día tan significativo para el pueblo de Norogachi, por todos los beneficios que Dios Nuestro Señor había dispensado a todas las personas que habían participado en la construcción de esta obra, viéndose palpablemente su protección, ya que a través del tiempo que duró esta pesada tarea no se lamentó el más leve accidente ni en la obra ni en los caminos por los que transitaban los camiones que acarreaban el material, aun habiendo ocasiones en que el tiempo de lluvias los hacía tan difíciles y pesados”.
Las personas recorrieron todas las instalaciones y el acto terminó con una comida para los invitados, los trabajadores, los tarahumaras y gente del pueblo en general.
Concluye la M. Canisia: “Rogamos a la Divina Providencia que siga velando y bendiciendo esta su obra y le suplicamos que todos los que acudan a esta casa en busca de salud, la encuentren para el cuerpo y para el alma”.
“Cumplo en esta forma la misión que mis superioras me encomendaron y dejo el futuro de esta obra en manos de Dios, donde siempre ha estado, en manos de la Santísima Virgen que siempre ha velado por ella, y de la siguiente superiora nombrada por el Consejo General de Viena, la Madre Superiora Elise Andris.”
Estos entrecomillados anteriores los trasmite en su recopilación Margarita Valverde y aclara que los tomó de una breve reseña de la Fundación de la Clínica que fue plasmado en un manuscrito, mecanografiado y sin fecha, por la propia Madre Canisia Malzer.
A la Madre Elise Andris le tocó dirigir el impulso de la Clínica ya en forma por espacio de 13 años que fueron muy fructíferos para los habitantes de la región en materia de salud, nutrición y cohesión social, especialmente en el caso de los tarahumaras.
Y consta el informe de la Madre Elise en el siguiente tenor: “Dios me tenía preparada otra tarea. Terminada la construcción de la Clínica en 1965, la M. Canisia recomienda a la Dignísima Madre Inmakulata Oskrkany (Vicaria) a la Madre Elise como Superiora en Norogachi, pues ella debía ir a Minatitlán, Veracruz a iniciar una nueva casa”.
La M. Elise relata su llegada: “Para el 27 de julio tenía reservada una avioneta para Norogachi, así fueron en ese día las últimas lágrimas de despedida de San Vicente (asilo en Parral). Así me fui a mi nueva Patria: Norogachi, Clínica San Carlos”. “Cuando llegamos a la Clínica estaba bien sorprendida al ver el hospital equipado con todo lo necesario.
Además de los cuartos de los enfermos, había un cuarto para atender a los enfermos que venían de fuera, una ambulancia, un laboratorio, un cuarto obscuro para rayos X con cámara obscura para revelar las radiografías, sala de operaciones con instalación para esterilización, una estación para partos, etc., todo lo anterior era obra de Madre Canisia y Hermana Aloisia. Así fue el principio de mi trabajo muy fácil”.
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La Madre Canisia falleció a mediados de la década de 1990s en Guadalajara, en la casa de formación de la congregación que habían construido, junto al asilo de ancianos, luego de haber sobrevivido por más de 20 años a un cáncer de páncreas que decidió tratarse con su propia practica de Radiestesia e Iridología, y con la herbolaria del Profesor Arámbula de Chihuahua, pues la medicina alópata la había desahuciado.
Días después del funeral, la Madre Aloisia viajó a Cd. Juárez y estuvo en mi casa por algún tiempo, antes de regresar a sus actividades en el convento en Guadalajara, donde luego no sobrevivió ni un año y, repentinamente, Dios se la llevó a seguir y acompañar a su maestra y guía.
Por aquellos días en que tuve el privilegio de tenerla en mi casa entendí y admiré muchas situaciones de la vida religiosa de ambas madres; muchos de esos hechos parecían inexplicables y el razonamiento era el mismo: “Ni le busque, sucedió por la Divina Providencia”. Así decía recurrentemente la Madre Aloísia.
Y así explicaba como en los años 1960s pudieron lograr los apoyos, recursos, movimientos, tareas y personal, para levantar y operar, prácticamente de la nada y en el lugar más recóndito que pudiera uno imaginarse, un hospital con todo lo necesario para atender las precariedades de la población de Norogachi y sus alrededores, particularmente de los indígenas en la zona central de la Sierra Tarahumara.
Y por esos mismos días de tranquilidad y duelo me pidió que tomara nota, porque dijo que ella no era buena para escribir. Y relató:
“Llegaron las madres alemanas a Delicias en 1952 y el Padre Uranga, párroco, con el cual yo participaba en la ACJM (Acción Católica de la Juventud Mexicana) me pidió que fuera con ellas a ver que se les ofrecía, pues iban a colaborar en el Hospital.
“En cuanto las vi sentí el efecto extraño, pero amigable, al cruzar la mirada con una de ellas, la Madre superiora Canisia, y me senté en un sillón a platicar con las dos; la otra era la Madre Claudia Fellner, quien hablaba un poco de español, pero me aclaró que la Madre Canisia no hablaba aún nada de nuestro idioma.
“Por eso no se como platiqué con ella durante horas, pues ahí mismo me reclutó para que ingresara a la Congregación, aunque aún no tenían un convento. No fui la primera en profesar formalmente como Hermana de la Caridad de San Carlos Borromeo en México, pero desde esa platica quedé como colaboradora de la Madre Canisia, aún que ellas se fueron luego a Parral, donde fundaron una casa hogar, un asilo y su convento, y con el tiempo atendieron un hospital.
“Desde ese primer encuentro yo sabía claramente que, tarde que temprano, sería una hermana de su congregación, y para ello me fui preparando con prontitud. ¿Cómo es que aquella tarde, sin conocer yo una sola palabra del idioma Alemán, y sin hablar aún la Madre Superiora nada de español, platicamos durante horas? Por eso digo: La Divina Providencia.
“Y le explicó esto porque antes me ha preguntado como es que, siendo aún usted menor, nos acompañaba a las reuniones con personas del gobierno y de las empresas, con quienes íbamos a entrevistarnos la Madre Superiora y yo para conseguir recursos, apoyos o permisos, para sacar adelante las obras de la Congregación, que eran nuestra responsabilidad, como fue el caso de la Clínica San Carlos de Norogachi, y la Madre superiora lo usaba a usted, aún desde niño, como “interprete” para comunicarse con las personas, sin que usted hablara Alemán ni ella hablara mucho español. Le digo: La Divina Providencia.
Dejé de momento el teclado en que estaba escribiendo a toda velocidad, ahí en la barra de la cocina y en absoluto embeleso por lo que se me dictaba; requería un espacio para digerir el asombro y entender el momento espiritualque mi tía me compartía sin creer yo merecerlo. (La Madre Aloisía fue la hermana mayor de mi progenitora).
Ambos tomamos un sorbo de nuestros vasos con agua de papaya, cruzamos miradas y al unísono dijimos, entre risas espontaneas: “Salud, pero con Cruz Blanca”, como decía la Madre Canisia, en honor a los parientes que las trajeron de Alemania y las apoyaron en México y que fueron los fundadores de la Cervecería Cruz Blanca en Chihuahua.

