AGENCIAS
CDXM.- En las rondas de eliminación directa, cada sede de la Copa despide a una selección. Mientras una afición canta porque sigue adelante, la otra, en silencio, calcula el precio de los boletos a casa. El partido no empezó a tiempo. Una tormenta eléctrica obligó a un retraso de 60 minutos, pero la fiesta siguió, se mantuvo viva. Más de 80 mil 800 personas intuyeron en el Azteca que estaban ahí para ser testigos de algo extraordinario, ese impulso de salir corriendo hacia el Ángel de la Independencia y las plazas públicas, lugares donde los millones de aficionados que no suelen interesarle a la FIFA, para trasnochar entre el estruendo del mariachi, las canciones de Juan Gabriel y esa letanía dulce que es el Cielito Lindo.
“La afición se ha convertido en el jugador número 12”, admitió el lunes Aguirre desde la sala de prensa del Azteca, hoy nombrado por la FIFA Estadio Ciudad de México. El retraso por la lluvia lo demostró al día siguiente. Porque, durante esa hora de espera, los miles de asistentes resguardados debajo de impermeables y chamarras bailaron y cantaron al ritmo de Pedro Infante y Espinoza Paz. Soportaron el frío de la noche con el “¡México, México!” y el agite de banderas tricolores que pintaron gradas del Coloso de Santa Úrsula. Un concierto monumental que no necesitó el montaje de ningún otro escenario
“¿Y si sí?”, se leía en carteles gigantescos que las pantallas proyectaban. Aquella expresión no pedía respuesta: era acaso la pequeña rendija por donde entraba la fe de los mexicanos en este Mundial de las primeras veces. Hombres con bigotes postizos, mujeres con faldas de china poblana y personajes de la lucha libre, todos sostenían la ilusión durante el limbo de la tormenta.
on el árbitro dio la orden, el destino volvió a su sitio. Gilberto Mora, el chico de 17 años que juega con la insolencia de los que no conocen el miedo, ensayó el primer remate al arco. Recibió un pase de Jorge Sánchez y buscó el ángulo derecho, pero la pelota se fue alta. Si la afición lamentó aquella jugada, las dos siguientes resultaron todavía más difíciles de superar: Raúl Jiménez cabeceó solo un centro de Luis Romo y la mandó fuera; minutos después, el propio Mora levantó al público de sus asientos con un derechazo que el portero Hernán Galíndez sólo pudo mirar mientras rozaba el poste.
Ecuador replicó con la velocidad de John Yeboah, quien inventó un túnel ante César Montes y sacó un zurdazo que sacudió la red, pero por fuera. Entonces, la mejor respuesta llegó en los pies de Julián Quiñones, quien comandó un contragolpe de Roberto Alvarado y definió con un derechazo al ángulo para el 1-0 (22). Un estallido total. La gente en el Azteca se arremolinó en los pasillos, volaron cervezas, abrazos y cientos miraron a las pantallas para repetir el festejo del colombiano naturalizado mexicano, perseguido por sus compañeros para el abrazo final.

