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Las Esquinas del Tiempo

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Esperando a Morena: Andrea, Cruz y el absurdo de la política

Por Fray Fernando

CHIHUAHUA CHIH.- Albert Camus escribió que los hombres mueren y no son felices. Quizá habría que agregar que los políticos, además, desesperan cuando no saben quién va a ganar.

En Chihuahua hay estos días una multitud pendiente de una señal: ¿será Andrea Chávez o Cruz Pérez Cuéllar? La pregunta parece sencilla, pero detrás de ella se esconde un pequeño universo de esperanzas, temores, ambiciones y cálculos.

No todos esperan por la misma razón.

Está el militante que desea sinceramente que triunfe quien considera mejor para Morena y para Chihuahua. Está quien convirtió su preferencia política en afecto personal y siente que la victoria de su candidato será también la suya.

Pero existen otros.

Son quienes observan el teléfono cada mañana esperando el mensaje definitivo porque sospechan que en aquella decisión también puede resolverse una parte de su futuro: una candidatura, una diputación, una presidencia municipal, una regiduría, un puesto en el partido o, si los astros políticos se alinean, un escritorio en el próximo gobierno.

Tal vez se busque desesperadamente sentido en un mundo que no tiene obligación alguna de proporcionárselo. El político hace algo parecido: busca señales donde acaso sólo existen silencios.

Una fotografía se convierte en mensaje. Una ausencia, en ruptura. Un saludo, en alianza. Una declaración llegada desde México se examina como antiguamente se observaban los astros para conocer el porvenir.

—Ya está decidido. —Me dicen que será Andrea. —No, hombre, Cruz ya amarró.

Todos tienen información privilegiada y todos poseen una fuente absolutamente confiable que, curiosamente, jamás pueden revelar.

¿Será que esto es parte de nuestra necesidad de certeza y el silencio que recibimos como respuesta?

Pero tal vez, algunos comienzan a descubrir que apostaron demasiado. Quien expresó una preferencia conserva cierta libertad. Quien convirtió al adversario interno en enemigo comienza a sentir miedo.

Porque la pregunta dejó de ser: ¿Quién conviene más? Ahora es otra: ¿Qué será de mí si gana el otro?

¿Será que de esto viene la ansiedad? ¿Será que sacrifican su libertad y su conciencia en nombre de una causa convertida en verdad absoluta?

Por eso quizá la fotografía más reveladora no será la del momento en que Morena anuncie al ganador.

Será la de las siguientes 72 horas.

Entonces ocurrirá el prodigio mexicano de la multiplicación de los vencedores. Aparecerán quienes siempre supieron. Quienes siempre recomendaron prudencia. Quienes jamás dijeron aquello que todos recuerdan que dijeron. Alguno borrará discretamente publicaciones inconvenientes. Otro descubrirá súbitamente virtudes extraordinarias en quien hasta ayer consideraba incapaz de gobernar.

Y muchos explicarán, con admirable serenidad, que nunca fueron “andreístas” ni “crucistas”, porque ellos siempre estuvieron con “el movimiento”.

Por si faltara, en la cantina también estan esperando.

Uno dejará el vaso sobre la barra y preguntará:

—Entonces, Moni, ¿quién ganó?

Héctor Blancarte mirará tranquilamente su copa.

—Todavía nadie.

—¿Cómo que nadie? ¡Si ya dijeron quién será!

El Moni beberá despacio antes de responder:

—Una cosa es saber quién ganó la candidatura y otra muy distinta saber quién ganó consigo mismo.

Habrá unos segundos de silencio.

Desde el fondo alguien preguntará:

—¿Y todos esos que ayer estaban con el otro?

El Moni sonreirá.

—Ésos son los que menos deben preocuparnos.

—¿Por qué?

—Porque mañana estarán con el ganador.

Y mientras alguno pide otra ronda, otro parroquiano lanza una pregunta dura:

¿Y qué haremos cuando sepamos quien ganó? Algunos se responden:

El militante puede perder con su candidato y seguir caminando con dignidad.

El aferrado no.

El aferrado necesita urgentemente encontrar otro rey o reyna