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Aprender en el desierto

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Por Luis SILVA GARCÍA

CD. JUÁREZ CHIH.- Cuando la camioneta pick up se desplazó entre las viviendas de adobe en la diminuta población en el desierto de la zona de Coyame, al oeste del estado de Chihuahua, una señora salió corriendo con entusiasmo a interceptar el recorrido del vehículo.

El sol abrazador del mes de julio no permitía un solo movimiento sin cobrar su saldo en sudor y esfuerzo de las personas de esa zona muy alejada del urbanismo. Por acá el agua es un lujo que a veces concede la lluvia. Predominan el polvo y el viento.

— ¿Nos trajo papas, harina, manteca?

Interrogó Albina, en una expresión que parecía más un reclamo que una pregunta, exhalando una energía que se iba acabando, que se iba apagando, como las fuerzas que trajinan en el desierto sin parar todo el día, sin agua, con sol, en sobrevivencia con exiguos recursos.

Así es la vida en este pueblito al que llaman El Rodrigueño, ubicado allá donde da vuelta el aire, en la esquina de arena y miseria, con un cactus de fondo, un agave triste y una candelilla. Prisma color café, amarillo verde opaco y al fondo el azul del cielo. De vez en cuando una nube cruza el horizonte.

El sol hace su carrera diaria y por la noche las estrellas pintan el negro con millones y millones de luces; y el lucero mayor lunar, cuando toca. En invierno el frio es también extremo en esta soledad y oscuridad.

Las construcciones más antiguas son de abobe, algunas veces alcanzaron enjarre y cal. Otras más se han desmoronado con la intemperie; la erosión aquí es muy inmediata. Los techos son también de tierra, con una base de tablas de madera que hay que suplir muy continuamente, el clima las acaba rápido.

Aunque la lluvia es muy poca, los techos y pretiles acumulan matas de plantas silvestres ya secas. Aportan un escenario de fantasía: techos con cierto aspecto de cabellera, ramas secas sobresalen a la vista entre los adobes semiderruidos, allá arriba del techo.

Las fincas más recientes podrán ser de ladrillo rojo y con techos de lámina metálica, pero no dejan de reflejar el mismo batallar que a todos toca por estos rumbos. Ladrillos igual sin enjarre, acaso el color cemento opaco de la mezcla que a veces se coloca en las paredes. Y algunos que alcanzaron a encalar. La lámina aumenta el calor y también el frio. De nuevo a batallar.

Albina es la encargada de la tienda que llaman cooperativa, pues es un punto de una distribuidora popular de productos de consumo, enfocada a llevar alimentos y enseres de primera necesidad a donde no llegan las cadenas comerciales urbanas.

El encargado de llevar el abasto bien sabía bien que eso que surtía cada tres meses era, casi siempre, lo único que en El Rodrigueño tenían para comer. Los tiempos de producción de plantas de agave para elaborar cuerdas y sogas de fibra natural se fueron desde hace mucho. Desde que llegó la fibra sintética.

Antes hubo compañías que instalaron maquinaria en la región para producir cordones y sogas. Aun permanecen por ahí maquinas abandonadas y oxidadas. Eran de empresas extranjeras que llegaron hacía más de cien años y producían para toda la región ganadera del norte de México y el sur de Estados Unidos. Eso se terminó con las cuerdas de nylon.

La agricultura y pequeña ganadería es muy escasa. Se alcanza a sembrar algo de maíz y frijol si es que la lluvia llega a caer. Los que tienen sus cabras pueden darse el lujo, de vez en cuando, de hacer el cabrito al pastor. Eso si, como el cabrito de esta zona no hay otro igual.

— ¿Dónde están los hombres?

Preguntó el repartidor, luego de observar que no había más que mujeres, niños pequeños y algún anciano por ahí.

Tras el mostrador de madera muy antigua y ajada, con restos de aceite, polvo y astillas, Albina explicó:

— Pues se van todos para el otro lado, a trabajar, luego la mayoría ya no regresa, entonces no hay manos para el trabajo aquí, y tampoco hay mucho que trabajar. Esto ya es un pueblo fantasma.

Pues se acomodó la mercancía recién llegada y rápido las señoras vinieron a surtir lo que pudieran. Todo era fiado, pues dinero no hay hasta que mandan los que andan en el extranjero. Así que la cuenta de la cooperativa nunca se salda. Pero el propósito de llevar recursos a donde no hay es el que se estaba cumpliendo.

También se analizaban las posibilidades de recursos locales y entonces se conoció que en esos desiertos abunda la planta conocida como cera de candelilla, cuyo nombre en la clasificación vegetal es Euphorbia cerífera, muy apreciada en cosmetología y procesos químicos industriales.

Pero no ha habido iniciativa ni pública ni privada que lleve la educación y desarrollo para aprovechar este recurso natural, que se califica como alternativa vegana y sostenible a la cera de abejas y como un producto no maderable de gran valor. Ahí está y la zona de este desierto sigue en el abandono.

Los recursos naturales brillan en el panorama pero la ignorancia y la pobreza no dejan emerger a la sustentabilidad. Primero las gentes se van a buscar otros horizontes. Acá no hay ni escuela, ni que comer, a veces ni agua. Es el abandono total.

Sobre esto meditaba el repartidor ya por la tarde, de regreso en el tramo carretero. Cuando tomó una cuneta hacia una curva, con una pared de piedra a la izquierda y un barranco hacia la derecha, repentinamente la temperatura del motor se alteró.

Como pudo se hizo al lado en el único espacio posible para detenerse, antes que el daño por el calor fuera más grave en el motor. Recordó que el mecánico le había cambiado la banda porque la vio muy deteriorada. Y le dijo: esa banda viejita me la pone atrás del asiento.

Pues esa banda nueva fue la que se reventó y el calor consumió gran cantidad del agua. Para destapar el radiador tomo una gran tabla y empujó la tapa, que saltó y fue a parar hasta la pared de piedra al otro lado de la carretera.

Sabía que un poco más adelante, quizá a dos kilómetros, había una estación antigua del tren, y ahí siempre había un depósito con agua. Pero aún colocando la banda vieja y rescatada que estaba atrás del asiento, no se podía andar sin agua.

La solución la dio la infaltable hielera con cervezas que en esta zona siempre se carga, con su adecuado aprovisionamiento de hielo. Poco a poco fue colocando hielos en el tapón del radiador aun caliente y ahí los hielos se derretían y así logró el agua para el motor.

Avanzó hasta la estación del tren a velocidad moderada y ahí finalmente cargó el resto del agua para continuar el camino. Y la banda vieja continuó funcionado en ese vehículo hasta que el repartidor lo entregó dos años después, y no supo más.

Las visitas al desierto son un privilegio: conocer a la gente en esas situaciones, saber de la riqueza inexplotada, vivir con ellos, sufrir al lado de ellos, crecer y aprender. Ahí se aprecia que los recursos materiales son necesarios, pero sobre todo se asume que el espíritu que forja el desierto es un regalo único del creador.