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¡Ay!… rumores

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Por Luis SILVA GARCÍA

  • Vamos a Meoqui a reportear porque están apareciendo unos monitos que dicen que son marcianos y toda la gente anda muy, muy alterada por eso.

CHIHUAHUA CHIH.- Eso me platicaba, con marcado entusiasmo, un amigo fotógrafo de prensa en 1987 en Chihuahua, cuando se desató la hoy célebre historia de “Los Monitos de Meoqui”, sobre la que hay mucho publicado en redes sociales, aún hoy, y en esa población existe hasta una especie de “museo”, denominado como atracción turística, con figuras y textos sobre el caso.

Lo cito porque en realidad nunca existió ninguna base para llegar a creer que algún fenómeno natural o paranormal sucedió, más allá de lo que se publicó como versión de unos niños que algo vieron salir de una cueva por el rumbo. De ahí se desató todo.

La noticia siempre llama la atención y, a quienes tenemos gusto por el periodismo, nos aumenta el nivel de adrenalina cuando nos enteramos de algo interesante, pero de ahí a que las cosas sean ciertas, mínimo habrá que someter a prueba las hipótesis, antes que publicar versiones que solamente tienen el propósito de lograr impacto ante la población.

Se armó un escándalo, eso si, y luego de la publicación inicial en un periódico de Chihuahua capital, en semanas todos los medios de aquellos años sacaron algo sobre “Los Monitos de Meoqui”.

Ante una ronda más de cervezas en un bar, y ya con varias entre pecho y espalda, el compañero reportero, reconocido por su ligereza para hacer publicaciones confesó:

— La verdad es que el director me pidió una nota que hiciera escándalo para aumentar la presencia del periódico, y que el departamento de publicidad pudiera vender mejor, y pues inventé ese rollo de los monitos y al principio ni siquiera fui a Meoqui; ya después si, para “documentar”…

Sin que fuera el primer pasaje sobre rumores que viera yo desarrollarse en medios de comunicación –que va, siempre han sido comunes y peor cuando se mezclan con política e ideología–, este caso me hizo pensar en la forma en que se expanden las noticias, aunque no sean serias o acaso sean definitivamente falsas.

Desde mi puesto de director del Norte de Chihuahua contemplaba como otros medios se batían en esta historia inventada y llamé a un reportero, psicólogo de formación:

— Vamos a hacer un experimento para revisar como se desarrolla un rumor entre la población. Le dije a manera de orden.

Publicamos entonces la historia de que en tal fecha próxima iría a explotar el Cerro Grande, emblemático de Chihuahua capital, y para ello abordamos a geólogos y especialistas para revisar las corrientes de agua y diversas formaciones geológicas de la zona sur de la ciudad, en busca de armar una historia supuestamente bien fundada, pero sin explicar nunca por qué en tal fecha explotaría el cerro, pues eso no era más que el rumor que lanzábamos para estudiar su comportamiento.

De que era un rumor y solo rumor, no cabía duda, pues nosotros mismos lo habíamos inventado con el fin citado y con el propósito de, una vez realizado el experimento de comunicación, poder explicarlo con toda claridad.

Después de unos 40 años aún se puede encontrar gente en Chihuahua que recuerda cuando el cerro iba a explotar y hay personas mayores quienes aseguran que solamente se postergó la fecha, pero que en cualquier momento la pronosticada explosión se va a dar, según afirman, y se apoyan en ese aire de sabiduría que aportan los años recorridos en este mundo.

En esa ocasión, la conclusión fue que, cualquier rumor, cuando penetra en una comunidad, deja de ser propiedad de su autor y se convierte en objeto del dominio público, por lo cual también se vuelve complicado su control, más no imposible, como sucede con los rumores que se lanzan con fines políticos y sociales y que son conducidos en algún sentido, solamente que el costo de su manejo es muy alto, únicamente alcanzable para los que tienen en sus manos los grandes intereses a nivel nacional o internacional.

En el caso del rumor de “Los Monitos de Meoqui” nunca hubo interés de aclarar nada, pues el propósito era el escándalo. En el caso del Cerro Grande, publicamos la aclaración de cómo se armó y publicó el rumor, pero ya nadie nos creyó.

Si me hizo cargo de conciencia, los días previos a la fecha, y la fecha misma señalada, ver a la gente de las colonias cercanas al cerro, sacar sus pertenencias de las viviendas para llevarlas a donde podían; y por más que tratamos de aclarar (incluso con apoyo de las autoridades, en perifoneo) que era solamente un experimento de comunicación, me parecía que se reían de nosotros.

Así se define el concepto rumor: Voz que corre entre el público; noticia falsa y sin confirmar que circula entre la gente (RAE). Noticia, historia o afirmación que no ha sido confirmada ni verificada, que circula de persona a persona o a través de medios de comunicación, a menudo con un impacto negativo o incierto (Enciclopedia Libre, Wikipedia).

Hoy en día el rumor es una plaga que crece exponencialmente entre los seres humanos, y causa más daños conforme la ignorancia es mayor: a menor capacidad de razonamiento por parte de las personas de un conglomerado, más contundente será el impacto y las consecuencias de un rumor en la comunidad; más aún si es engendrado y desarrollado con algún fin ideológico y/o político, y tendrá un respaldo de enormes recursos para su promoción.

La muy lamentable entelequia en que ahora navegamos, nos arrastra de acá para allá, y de allá hacia acullá, cual olas marítimas sin control, conforme el bombardeo de rumores se lanzan de alguno u otro bando, con determinado interés, ya sea para distraer a la población, ya sea para desprestigiar a alguien, ya sea para engrandecer la figura de cierto personaje, o para promover o desprestigiar algún proyecto político, siempre con fines sectarios y contra el bien común, sin que en el contenido de los mensajes exista el mínimo rigor de veracidad.

La tragedia consiste en que, al creerse con facilidad los rumores, muchas personas, comúnmente las mayorías, tienden a juzgar, sin fundamento y sin objetividad, sobre la conducta, integridad o naturaleza de las personas y/o situaciones.

Si el periódico o las redes sociales dijeron que tal figura es un flojo y desobligado, pues ya la mayoría de los que recibieron ese mensaje creen a pie juntillas que así es, sin revisar siquiera (por falta de capacidad o hasta por desidia) si el mensaje que les están haciendo llegar tiene siquiera el mínimo fundamento. Igual sucede cuando se trata de alabar la figura de alguien o su obra.

De ahí entonces la responsabilidad de quienes lanzan los mensajes públicos, porque luego si los rojos dicen que los azules son nefastos, y los verdes acusan a los amarillos de corruptos, y los morados lanzan lenguas de fuego contra los blancos, y todos además regresan la pedrada con la misma presteza y en el mismo tono, pues claramente la sociedad se vuelve una arena de lucha libre sin límite de tiempo.

Tenemos ya un auténtico cochinero, como el que luego vemos en las cámaras de diputados y senadores: ¡vaya, ni más ni menos, el mejor ejemplo del caso!

Pero en todos los niveles de la sociedad y en el día a día, de manera expedita, todos andamos calificando a los demás con el odio y desconfianza que nos han sembrado los rumores.

Y mal juzgamos al prójimo solamente porque su color de piel, su corte de cabello, su filiación política, su credo, su gusto por la música, su color preferido, su forma de vestir, su género, su sexo, su escolaridad, o lo que a usted se le ocurra, no es el nuestro, o el que a nosotros nos acomoda o nos place.

Juzgamos y condenamos con nuestro desprecio, y recibimos del prójimo trato similar, y así estamos peleando inútilmente entre todos, en tanto que la riqueza de nuestro país y de nuestro planeta, y el tiempo de nuestra vidas, escurre vertiginosamente por entre nuestros dedos, hasta que un día, sin más, nos vamos a ir de este mundo, y entonces, ni siquiera ese odio, mal fundado en rumores, nos podremos llevar con nosotros.

Pero el sistema de rumores es mucho más poderoso de lo que podemos imaginar, cuando ya sabemos con certeza que existen granjas cibernéticas, que no crían gallinas ni cerdos, ni ningún otro animal, sino que mantienen cientos y miles de celulares regulados por computadoras para esparcir mensajes, de acuerdo a los fines y propósitos de quienes detentan el poder político, económico y criminal, que cada vez parece más unidad trinitaria.

Mediante estas granjas cibernéticas se han manejado campañas políticas de candidatos que han llegado a la presidencia del país, como son los casos de Estados Unidos y de México, y podemos imaginarnos cualquier campaña de cualquier naturaleza y, si hay interés en un fin que les convenga a los poderosos, con seguridad entrarán en acción los bots (robots) para invadir las redes sociales y la comunidad en general, con mensajes en el sentido que mas les convenga para manipular a la opinión pública.

Si se trata de engrandecer a alguien, lo van a hacer, si se trata de “quemar” a alguien, igualmente lo van a hacer, pues estos sistemas cibernéticos son el jurado y la inquisición de nuestros días, al servicio de propósitos que están muy por encima de las personas, cuando el rumor es su principal arma y ya no tienen importancia alguna las cualidades y la esencia de los seres humanos.

Seguimos siendo la humanidad que se encamina hacia la evolución, pero estamos perdiendo terreno en materia de raciocinio, en tanto se pretende suplir la facultad del juicio esencial fundado en los valores humanos, por las conclusiones de un ente nombrado inteligencia artificial, que de inteligencia no tiene nada y de artificial lo tiene todo.

Pero la culpa no la tiene el indio, sino el que lo hace compadre.