AGENCIAS
CDMX.- En el Senado de la República, donde se supone que se discuten los grandes problemas nacionales —seguridad, economía, energía, democracia— hoy también se discute, aunque en voz baja, el brush, el blower y el maquillaje profesional. Porque sí: en medio del recinto legislativo más importante del país, apareció un salón de belleza.
No está en un anexo cualquiera ni en un local improvisado. Se instaló nada menos que en lo que antes fue una oficina de la Comisión Federal de Electricidad. De la soberanía energética… al peinado de sesión.
El espacio, de acuerdo con fuentes parlamentarias, fue habilitado para la senadora morenista Andrea Chávez y su círculo cercano. Dos sillas frente a espejos, lavacabezas, carrito de herramientas y una caja rosa llena de brochas y productos. Nada austero, nada improvisado. Todo muy funcional.
La pregunta no es si las legisladoras —o los legisladores— tienen derecho a verse bien. Claro que lo tienen. La pregunta es si el Senado debe prestar espacios públicos para fines personales, y peor aún, si lo hace de manera selectiva.
Porque aquí no hablamos de un servicio institucional, regulado, abierto y pagado por quien lo usa. Hablamos de un espacio dentro del Senado que no está disponible para todas y todos, y cuya justificación no ha sido explicada con claridad.
El contraste es inevitable. En San Lázaro, el salón de belleza fue duramente criticado cuando se financiaba con recursos públicos. Tanto, que desde 2007 se decidió que diputadas y diputados pagaran el servicio de su bolsillo. Hoy incluso está abierto al público general, con precios claros y reglas claras. Transparencia básica.
En el Senado, en cambio, la estética aparece sin anuncio, sin lineamientos y sin rendición de cuentas. En tiempos donde la bandera oficial es la austeridad republicana, el mensaje político es, por decir lo menos, incómodo.
No es un tema menor ni frívolo, aunque así se intente vender. Es un símbolo. Un recordatorio de cómo el poder, cuando no se vigila, tiende a confundirse con privilegio. Y de cómo los discursos contra los excesos se diluyen cuando el exceso es propio.
Mientras millones de mexicanos hacen malabares para pagar un corte de cabello, en el Senado el problema parece ser no despeinarse antes de subir a tribuna.

