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Cuando por la sierra se podía andar

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Por Luis SILVA GARCÍA

CD. JUÁREZ CHIH.- Por las alturas y honduras de la sierra de Chihuahua, hace algunos años, podías hacer recorridos sin más problemas que los que, por su orografía, el esfuerzo del recorrido te exigía. Hoy, tristemente, elementos externos, ajenos y no naturales, como los riesgos muy graves por delincuencia e inseguridad, ya no hacen grato y posible el disfrute.

El grupo de jóvenes llegó en tren a la estación Creel a media tarde en aquel mes de noviembre, con el propósito de aventurarse a recorrer en las próximas cinco, siete, quizá diez horas, el camino a pie, entre praderas y serranía, con altos pinos y espléndidos arroyos, para llegar al lugar de la barranca donde corrían aguas termales: un paraíso en muy buena medida inexplorado, natural.

Se había proyectado un encuentro con la naturaleza que emocionaba sobremanera a aquellos estudiantes universitarios, quienes en la generalidad — unos más, otros menos –habían crecido a las sombras de los edificios citadinos, sobre el pavimento y con el susurro del permanente ruido metropolitano. No conocían lo que era un auténtico silencio, menos aún, un cielo estrellado de verdad.

El grupo de seis improvisados exploradores hizo escala en la población de la estación para saludar a compañeros de estudios y amigos que por allá radicaban; uno de ellos, de los más conocedores de la comarca, explicó:

— Pues si van a la barranca de las aguas termales ya no llegan antes de que se haga noche, pero tal vez es mejor, porque con la luna y las estrellas se pueden guiar más fácilmente y esta será una noche muy clara, de luna entres cuartos y sin nubes, además de que es menor desgaste andar sin sol.

Instruyó con cuáles estrellas dirigirse y agregó:

–Sigan la carreta hasta la piedra del elefante, de ahí toman a mano derecha, caminen hacia las estrellas que le indiqué y van a llegar a la barranca; ahí solamente bajan y ya están en el sitio, no hay pierde, de cualquier manera, si en cuatro días no regresan, yo salgo a encontrarlos. El recorrido era de unos de 20 kilómetros, pero en terreno agreste.

Pues el primer trayecto, el fácil, por la carretera, no resultó tan fácil, porque cayó lluvia, ya al atardecer y con viento frio, casi invernal, así que el avance se hizo lento y desesperante, pero pasó el vendaval y no bajó los ánimos.

Así que apareció la enorme roca que asemeja un paquidermo y entonces el grupo viró hacia la derecha para adentrarse en terreno abierto: una pradera entre ceniza y verde que a lo lejos se angostaba con rumbo a arroyuelos y montañas tupidas de pinos altos y de fondo formaciones rocosas con todo tipo de figuras. Por allá una cabañita de madera con humo en su tronera.

El sol iba al nadir y en el cielo ya se veían las estrellas indicadas como sustituto de brújula para andar. Sin hablar, solamente al contemplar, los aventureros exhalaban un gusto de: “Gracias Dios por esta naturaleza”.

Los promotores del singular viaje eran El Cazador y El Viajero, a quienes se habían sumado El Orondo, El Luchador, El Corto y El Paisano, todos de localidades diversas del país y con historias y características diversas, sin experiencia en este tipo de recorridos y algunos con limitantes físicas. Hasta ahora la conclusión era que el andar se dificultaría más de lo previsto; pero a eso habían venido, a disfrutar la incomparable Sierra de Chihuahua.

Cargaron de más en las maletas, pese a las advertencias de llevar solo lo indispensable porque el camino sería largo y pesado, pero nadie quería sacrificar sus latas de comida preferida, o una manta extra, o hasta el juego de mesa, el radio de baterías, y ni que decir de las infaltables botellas de ginebra, vodka o tequila.

Total que ya estaban ahí a medio campo, casi de noche y con tremenda maleta amarrada en la espalda, aunque dichos equipajes nunca serian carga más grave que la que traían en sus características físicas o en sus demonios en el pensamiento, misma que con cansancio, relajamiento y alcohol, claro que sale a flor de piel, aunque no en representación sufrida.

Al llegar a la altura de la cabañita de troncos de madera decidieron tocar a la puerta, pero esta estaba abierta; entraron y encontraron una mesa a medio servir, como si los habitantes estuvieran a punto de cenar, pero no había nadie en el entorno.

Se sabe que los Raramuri, autóctonos de la zona, son extremadamente huraños y usualmente se acomodan donde pueden observarte pero tu no los ves a ellos. Eso sucedió seguramente en esta ocasión y, sin tocar nada, el grupo abandonó la cabaña, ya con un sesgo de inquietud por el incidente.

Continuó la peregrinación por una vaga vereda, ya en total noche, bastante bien alumbrada por la luna y con un brillante cielo estrellado que solamente se contempla en estas latitudes, en la cima del mundo.

El desgaste se hizo notar: El Luchador era el de más edad y sus esfuerzos físicos de actividades anteriores le hacían mella hasta en su agrio carácter, por lo que empezó a quejarse y a aventar peso que sentía que le estorbaba.

El Corto caminaba con dificultad por las secuelas de la poliomielitis que le aquejó de niño y le dejó una pierna más corta, de manera que el uso necesario de un zapato de alta suela provocaba que el caminar no fuera precisamente su mayor capacidad, menos aún cargando con peso.

El Orondo, pese a su excelente expectativa por la aventura, no había previsto que su exceso de peso iba a menguar su capacidad en la caminata por el campo, y tuvo que reducir el ritmo de avance.

El Paisano padecía una deficiencia conocida como “pie abierto”, que consiste en la separación hacia fuera de las puntas de lo pies, de manera que caminar genera dificultad, sobre todo cuando se transita en declive; y en esta ocasión había que subir y bajar constantemente.

Ante la situación, El Cazador y El Viajero, con mayor experiencia en senderismo y conocimiento de la zona, decidieron avanzar al grupo un trayecto, luego dejar, ahí en descanso y seguridad, a los que acusaban dificultad, para adentrarse ellos dos en exploración, sin carga, y luego regresar y llevar adelante a todo el grupo, ahora cargando ellos dos con lo mas posible.

Así se ajustó el ritmo de la expedición y fueron charlando, festejando y disfrutando con una libertad absoluta el inusual viaje, hasta que dieron las tres de la mañana y la mentada barranca no aparecía.

Se tomó la decisión a acampar en un claro del bosque, para encender fuego, alimentarse y ahí dormir. Todavía El Cazador y el Viajero tuvieron que andar hacia un arroyuelo unos 500 metros más, hasta que encontraron agua para abastecer y la llevaron al grupo, que ya departía en gran camaradería y felicidad.

Al despertar en la mañana las bolsas de dormir estaban cubiertas por una ligera capa de hielo, pues acamparon en la parte alta de la planicie, pero al revisar el terreno, ya con luz, se enteraron que estaban precisamente al borde de la bajada a la barranca de las aguas termales. Pese a todas la dificultades, habían logrado llegar.

Ahora venía lo verdaderamente difícil, que era bajar la barranca, por veredas horizontales que forma de zeta, ya que directamente es imposible transitar. Por allá a El Luchador se le escapó la maleta con los sartenes y fue rodando unos 50 metros hasta que se atascó en el tronco de un pino. Y ahí va El Cazador al rescate de los los utensilios.

Por acá a El Paisano hubo que hacerle palanca para que pudiera bajar porque en la vereda empinada perdía el soporte de sus pies y casi se iba de frente. El Orondo bufaba de cansancio y El Corto se atoraba con su pie defectuoso; a ambos hubo que restarles carga.

Pero la recompensa fue enorme para el grupo de incautos expedicionarios, porque la corriente y tinajas de aguas termales eran un extraordinario paraíso, al fondo de la barranca, con formaciones pétreas y solamente el ruido del agua corriendo, aves y otros animales transitando por el entorno. Hacia arriba, el cielo azul, ramas de enormes pinos y los contornos de la barranca. Abajo el clima tropical.

Ahí pasó el grupo tres días de meditación y goce de la naturaleza, en las “albercas privadas” con aguas termales, donde nadie más apareció. Fue un rico intercambio de dichos y hechos de la vida de cada quien, con diferencias y asociaciones, con risas y protestas, para mayor conocimiento y comprensión. En comunión con Dios y con la naturaleza.

Hasta que una mañana el cielo se nubló repentinamente y hubo que salir casi corriendo y dejar ahí todo lo que fuera peso de más. En fin que los Raramuri siempre están al acecho y en cuanto uno se va pasan a recoger lo que les sirve.

La caminata de regreso, de día y con la tormenta amenazando, fue de menos disfrute pero de mayor eficiencia. Llegó el grupo a la casa de los amigos, de paso a la estación del tren y el compañero que les había guiado les dijo:

— Si no llegaban, ya iba a ir por ustedes, pues viene la nieve y si los agarra allá abajo de la barranca difícilmente salen. Pero tenia informes de que estaban bien.

El grupo tomó el tren de regreso a la ciudad y a una hora de trayecto ya la maquina iba abriendo el camino sobre la vía totalmente blanca, cubierta de nieve.