Por Luis SILVA GARCÍA
CD. JUÁREZ.- Durante las pasadas semanas la atención deportiva se centró en buena medida en el torneo llamado Clásico Mundial de Beisbol, donde equipos que representan a los países se enfrentan cada tres años en un sistema de grupos pequeños, que luego arroja finalistas a eliminación en un solo partido.
El certamen ha sido un éxito creciente, pues cada vez que se realizaun mayor número de personas está atento al mismo en todo el mundo, y me parece que ese ha sido el objetivo del beisbol organizado de Estados Unidos, dueño de este torneo.
Los enfrentamientos en general han sido de alta competitividad y con emoción hasta los últimos outs de los juegos, también con sorpresas, pues es un deporte de competencia y cualquiera puede llegar a ganar.
La inmensa mayoría de los peloteros que participan en la actualidad en el Clásico ya han jugado o juegan ahora en equipos de las Ligas Mayores de Beisbol (MLB) en Estados Unidos, ya sea en los equipos grandes o en sus sucursales.
Los representantes de cada país son oriundos de su nación, o nacidos en Estados Unidos pero hijos de padres nacidos en esos países, o bien jugadores que han obtenido la ciudadanía por derecho o por petición, como el caso del cubano-mexicano Randy Arozarena.
Se realizan varias eliminatorias antes de llegar a las finales en el país sede (en esta ocasión Miami, en Estados Unidos) pero los cuatro grupos iniciales, con cinco países cada uno, jugaron en Houston (donde tocó a México y EU); Tokio, Japón; San Juan, Puerto Rico y en Miami.
Avanzaron dos equipos de cada grupo: los de Tokio, que fueron Japón y Corea, viajaron a Miami, a enfrentarse a República Dominicana y Venezuela; los de San Juan, que resultaron Puerto Rico y Canadá, fueron a Houston a enfrentarse contra Italia y Estados Unidos, ahí donde México había quedadoeliminado.
A estas alturas el torneo ya es de eliminación directa, es decir, pierdes un partido y te vas, a diferencia de los campeonatos de beisbol que siempre han sido con series finales a ganar cuatro de siete partidos, o tres de cinco.
Llegaron a las semifinales Estados Unidos contra República Dominicana y Venezuela contra Italia, que resultó el equipo sorpresa en el torneo, en tanto que el otro dato destacado es que Japón, con todo y su superestrella Shohei Ohtani, se quedó en cuartos de final ante Venezuela.
Para quienes han dicho que se trató un torneo “arreglado” para que ganara el equipo de los Estados Unidos, pues no pasó así, ya que la novena de Venezuela se llevó el trofeo de campeón al derrotar a los de casa en cerrado partido en la final, juego realizado en Miami, Florida, con todo y que EU presentó por primera vez lo que llamaron el equipo de ensueño, con sus jugadores nativos más destacados de las Ligas Mayores, donde el Beisbol es el deporte nacional.
Yo no dudo ni tantito que este Clásico haya sido acomodado para que luciera y ganara la novena estadounidense, pues ellos son los dueños el negocio, lo que buscan es expandirlo por todo el mundo (y lo están logrando) y de paso demostrar, como acostumbran, su supremacía en todos aspectos, máxime con su actual mandatario de claras tendencias dominantes.
Me parece destacable, en esta ocasión, que las cuestiones políticas no restaron brillo a lo deportivo; antes al contrario, el campeón Venezuela vino a demostrar que no hay enemigo pequeño, que una competencia la puede ganar cualquiera, que el trabajo en equipo da mejores resultados aún que las grandes estrellas personales.
Y fuera del terreno, es indescriptible la alegría que dio este triunfo a una pueblo que ha sufrido tanto en las últimas décadasy que sigue estando en la cuerda floja entre las diversas tendencias y corrientes políticas e ideológicas, sin dejar a un lado la reciente operación militar extranjera, cuando fuerzas armadas estadounidenses extirparon al mandatario Venezolano.
Independientemente de justicias o injusticias, posibles o probables, o dimes y diretes, de acuerdo color del cristal que tenga frente a los ojos el que mire, lo cierto es que solo el pueblo venezolano sabe lo que pesa el morral que carga en sus espaldas.
Y en el contexto, el triunfo deportivo de los venezolanos ante el equipo de ensueño de EU, en su propia casa, tiene, como quiera que sea, un muy dulce sabor a venganza. Y claro que ese no sería el final de un guion escrito en la Casa Blanca por la mano del jefe.
Lo bueno es que en las competencias, y aún que las condiciones sean desiguales, puede haber sorpresas de las que se aprenden lecciones. Ya me tocó en preparatoria participar ingenuamente en un torneo de ajedrez y a la postre me enteré que los organizadores lo hicieron para ganarlo ellos mismos.
Para participar había que pagar una cuota, con la cual se solventarían los premios de los tres ganadores finales. Había un grupo de maestros y alumnos del circulo intelectual de primer nivel del colegio que estaban contemplados en el guion para ser los que se subieran a la palestra.
Por otro lado figurábamos un montón de alumnos de estilo hippie que navegábamos en la tranquilidad de una escolaridad cómoda de los años 1970s y pues entramos al torneo solamente por medir el nivel y vivir la experiencia atractiva.
En algún momento me tocó jugar contra un competidor cubano y llegué y me senté sobre el filo del respaldo de la silla, con los pies en el asiento (como para ser diferente y retador).
El me dijo:
— ¿cuántas jugadas traes preparadas?Porque yo traigo 270.
Solo le contesté:
— Yo vengo a jugar.
La verdad es que no traía nada preparado, para mi no era ciencia, era un juego. Le gané al nerd en 20 minutos.
Y como yo, otros compañeros comenzaron también a arrasar sorpresivamente con los maestros y organizadores, de manera tal que a la altura de los cuartos de final abortaron el torneo; nunca se jugaron las partidas finales y se hicieron humo con las cuotas del torneo.
De la forma presuntuosa en que armaron un torneo para ganar ellos mismos, a la realidad que enfrentaron en las partidas, donde no fueron capaces de vencer a los que consideraban rivales débiles, se convirtió el ajedrez de la preparatoria en una sólida lección.
Y esa arbitraria cancelación, injusta porque se robaron los premios, como porque no tuvieron la entereza para enfrentar a sus contendientes en las finales, fue para el montón de alumnos hippies una satisfacción con dulce sabor a venganza.
Vale la pena competir, sin mortificarse tanto por las condiciones. Se aprende, en el beisbol como en la vida, que en la competencia hay que dar todo el ímpetu hasta el final, porque el juego no se acaba… hasta que se acaba.

