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Estado Fallido, o México al carajo

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Por Luis SILVA GARCÍA

CD, JUÁREZ CHIH.- El asesinato de dos sacerdotes jesuitas en la Sierra Tarahumara del estado de Chihuahua es una realidad y síntoma tan grave que nos lleva a revisar lo que ha estado sucediendo en México desde hace muchos años, cuyos lamentables hechos y situaciones concluyen de facto en una situación de “Estado Fallido”.

Aquí cabe retomar, con triste asombro, las palabras que la escritora Ayn Rand plasmó allá en 1950: “Cuando adviertas que para producir necesitas obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes no negocian con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y por la influencia más que por su trabajo; y que las leyes no te protegen contra ellos, sino por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando descubras que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un auto-sacrificio, entonces podrás afirmar, sin temor a equivocarte, que la sociedad está condenada”.

Pareciera que esta escritora fuera profeta de la realidad mexicana en estos aciagos tiempos, pero no es más que una reflexión, con base en principios sólidos,valores e integridad, ante situaciones que son muy claras, aunque por desgracia muchas personas, desde su ignorancia, no lo alcancen a entender igual.

En asesinato de los sacerdotes jesuitas, por sí mismo, justifica todo lo que se ha dicho para censurar los hechos, exigir justica, pedir que se detenga al o los culpables y demás pronunciamientos oficiales y extraoficiales. Pero hacen falta más hechos que palabras.

En la Sierra Tarahumara, en el estado, en el país y en el mundo entero pocas instituciones tienen tanto prestigio y reconocimiento, desde el punto de vista humano e intelectual, como la Compañía de Jesús, los jesuitas.

La población sabe que los jesuitas generalmente son personas que ayudan a quien pasa a su lado y que no hacen daño a nadie; entonces ¿por qué un delincuente se ensaña con ellos de esta manera?

El símbolo de desintegración social es claro; dice mi Señor Padre: Ya no hay respeto. Y yo creo que ya no hay ni mínimos filtros que salvaguarden la convivencia sana, no hay educación básica en principios sociales de bien común; y si a esa situación de ignorancia supina se le agrega el ingrediente de algún estupefaciente y el poder material de la fuerza y las armas, no debe asombrarnos que el resultado sea monstruoso.

Tampoco debemos ignorar el contexto que nos lleva a que sucedan en nuestras ciudades, calles y territorio, hechos tan espeluznantes como estos.

No se trata solamente de estos asesinatos constantes en lugares públicos y cada vez más descarados, delante de familias, a la vuelta de nuestras actividades; todo muy grave, pero además de los asesinatos vivimos constantemente entre otras realidades igualmente delicadas, como el crecimiento de asaltos, secuestros, extorsión, el tráfico y consumo de enervantes, la pobreza, el desempleo, la carestía, los bajos salarios, el deterioro de la salud, la estrepitosa caída de la economía y la impunidad, por mencionar algunas de nuestras tragedias, las muy notorias.

Y en el telón de fondo de esta tristísima situación está un esquema de acumulación de riqueza en unos cuantos entes, que han gozado de las ventajas públicas y privadas desde hace muchos decenios, y que además, con el paso del tiempo, se han amalgamado en los intereses con el crimen organizado, y son a quienes más le conviene que todo siga igual y que México se vaya al carajo.

Desde que López Obrador en su campaña presidencial dijo “abrazos, no balazos” y anunció el perdón a los delincuentes y narcotraficantes, dejó un mensaje de impunidad, el cual provoca que todos aquellos que tienen una escasa y limitada educación, o los que son abusivos, con facilidad justifiquen: se puede hacer cualquier cosa, al margen de la ley, o afectar a quien sea, en fin que no pasa nada.

Y es así que andamos como andamos y, más aún, ¿hacia dónde nos dirigimos y hasta dónde vamos a llegar como sociedad? Estamos en una situación de descomposición y deterioro del tejido social, de las bases familiares, de los intereses comunes; y así crecen las nuevas generaciones sin una esperanza de mejora. México es ya un “Estado Fallido”.