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Este periodismo nuestro

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Por Luis SILVA GARCÍA

CD. JUÁREZ CHIH.- En 1984 en la redacción del desaparecido periódico Novedades de Chihuahua se trabajaba con mucho ánimo y también con equipo moderno; era uno de los primeros medios de comunicación en México que nació totalmente computarizado y todos los reporteros escribíamos y el trabajo de edición se hacía en terminales con sistema ms:dos, ese que tenía pantallas oscuras con letras en luz verde, y que molestaba y afectaba la vista, aunque su propaganda decía que no.

Eran lo que más delante se llamó “terminales tontas”, es decir, una red de pantallas con teclado, conectadas todas a una computadora central, para lo cual se tenía que trabajar prácticamente en un cuarto frio: toda la redacción estaba a temperatura muy baja para que las maquinas no se calentaran, lo que llegaba a provocar enfermedades a los trabajadores. Recuerdo el caso de Jaime Pérez Mendoza, a quien le dio pleuresía y estuvo varios meses incapacitado por ese padecimiento, que me parece que nunca llegó a superar cabalmente, hasta su fallecimiento, por otra enfermedad, en 2014.

En el primer lustro de los 1980s se vivió un empuje de desarrollo en el periodismo nacional: habían pasado 10 años del golpe de José López Portillo a Excélsior, que dio lugar al nacimiento del periódico Unomasuno y de la revista Proceso; y de ahí se desprendió, precisamente en ese mismo 84, el nacimiento de La Jornada, medios que, más allá de los compromisos y filiaciones políticas, y hasta partidistas, en que han derivado muy marcadamente con el paso de los años, en aquellos momentos indudablemente que aportaron al avance del periodismo en México y conjuntaron en sus publicaciones a muchos de los periodistas más serios y mejor formados.

En el estado de Chihuahua un fenómeno similar se reflejó es la línea editorial democrática que asumieron dos periódicos diarios, cuando ese tipo de medios pesaban en la opinión pública; y fueron los casos del Diario de Juárez y de Novedades de Chihuahua, por el tiempo del proceso electoral de 1983, y si nos apuramos a precisar períodos podríamos decir que de 1980 a 1986 aproximadamente.

Había brotes de modernización y crecimiento en los medios de comunicación, que habían estado muy abandonados, anquilosados y apegados a las esferas de poder prácticamente desde la revolución, mientras que en el mundo corrían vientos de cambio y mejora.

Estaba platicando en Chihuahua con la enviada especial de El País, de España, en el proceso electoral de 1986, y se quedó sumamente asombrada cuando conoció dos realidades del periodismo local:

  • Que los periodistas en México no teníamos necesariamente una formación profesional mínima y menos aún un salario garantizado para una vida digna; los dueños de los medios, en la gran mayoría de los casos, asumían que no había que pagar a los periodistas, o al menos no pagarles gran cantidad, porque ellos tomaban de donde podían, lo que llevaba indudablemente a practicas deshonestas para obtener recursos.
  • Que era práctica común en los medios publicar información, privada y sobre todo pública, como si fuera una nota informativa, pero que en realidad era lo que se llamaba una gacetilla, por la que el medio cobraba jugosas tarifas; muchos medios vendían hasta la nota de ocho columnas, la principal de su edición.

Esta reportera europea, acostumbrada a los rigores éticos del periodismo en el primer mundo, quedó anonadada cuando le demostré que inclusive La Jornada publicaba notas y fotografías pagadas por el gobierno, “justificándolas” solamente con títulos en letras itálicas (inclinadas).

No podía y no quería creerme, pues entonces La Jornada era el medio mexicano que gozaba de mayor credibilidad entre los periodistas extranjeros, pero no le quedó más remedio que ir aceptando la realidad, pues quien se lo demostraba era socio fundador de ese periódico y además corresponsal en el Chihuahua.

Durante los años que me tocó trabajar en medios de comunicación del estado de Chihuahua y colaborar con otros nacionales y extranjeros, que fueron un buen número, siempre integramos equipos para pugnar por la búsqueda de ingresos decorosos y justos para los periodistas, y además por la demanda de preparación académica para mejorar los niveles profesionales. En los medios que me tocó liderar nunca se publicaron gacetillas de gobierno.

En cuanto a la situación salarial, se dio un fenómeno muy curioso cuando me tocó liderar el equipo de Norte de Ciudad Juárez: resulta que el Diario de Juárez, con mayores recursos económicos, comúnmente nos “pirateaba” a los reporteros destacados, y los compañeros me reclamaban porque no les rogaba para que se quedaran con nosotros, aunque con menos salario pero con ideales y trabajo de equipo más solido; yo explicaba que era bueno que se fueran a trabajar con un mejor salario; y cuando conseguía recursos los traía de regreso con aumento, y así lo la llevábamos en lo que para mi era mejora salarial en el gremio.

Eso se dio de tal manera que, cuando arrancó en la Ciudad de México el proyecto del grupo El Norte de Monterrey, que se llama Reforma, en 1994, revisando datos con el amigo periodista Lázaro Ríos (que fue Director General Editorial de ese consorcio por muchos años), nos percatamos que los salarios de sus reporteros eran prácticamente los mismos que los de los periódicos de Cd. Juárez. Ya habíamos llegado a un nivel decoroso.

En cuanto a la preparación profesional del gremio me tocó participar en innumerables esfuerzos de diversa naturaleza y dejo aquí, a manera de ejemplo, un caso: en los 1980s, siendo presidente iniciador del Capítulo Chihuahua de la Fundación Manuel Buendía, tuve la oportunidad de colaborar para traer a la ciudad de Chihuahua, a la UACh, la carrera de periodismo por única ocasión y exclusiva para quienes trabajábamos en medios de comunicación.

Así se dio ese caso y lo más destacable es que ese esfuerzo derivó en la creación de la carrera de periodismo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH, que hasta la fecha opera con éxito y que ha permitido a cientos de compañeros prepararse profesionalmente. Lo más curioso es casi todos los integrantes de mi equipo de trabajo y mis amigos periodistas pudieron cursar la carrera y yo no, pues por entonces me fui a Cd. Juárez al reto de arrancar Norte, y me quedé sin titulo. Hoy señalo que estoy muy orgulloso de haber colaborado en ese esfuerzo, aunque a mi no me beneficiara directamente, pero ni falta me ha hecho.

Desgraciadamente de aquellos años y de aquellos logros poco o nada queda hoy en la realidad del periodismo en México y en Chihuahua.

Por ahí del año 1999, en la Ciudad de México, un grupo de amigos periodistas reflexionábamos sobre las situaciones (por supuesto, en torno a unas botellas de buen vino); cito a Pedro Valtierra, el fotoperiodista mexicano con mayor reconocimiento internacional; a Víctor Avilés, quien fuera jefe de información fundador de La Jornada, agregado cultural de la embajada de México en EU y vocero del IFE en tiempos de Pepe Woldenberg; a Pablo Hiriart, periodista Chileno nacionalizado mexicano y muy conocido por sus comentarios políticos en TV; a Andrés Hoffman, editor de la revista Nexos y enorme impulsor de publicaciones del gremio.

Había convivido durante los años anteriores, a veces coincidiendo presencialmente y más aún a distancia, con estos compañeros, y cuando yo visitaba la capital del país por asuntos de mi trabajo en Norte de Cd. Juárez, era como el pretexto para reunirnos.

El caso es que al analizar lo que pasaba en el periodismo mexicano hablamos de los valores y los esfuerzos para mejorar, de los principios inalienables, de las máximas morales; pero también teníamos a la mano los datos de la rampante corrupción, de los medios que solamente existen para vivir de los ingresos que generan los gobiernos, de los pseudoperiodistas a los que solamente les interesa imprimir una paginita para dejarla en las oficinas públicas, y así cobrar la publicidad oficial, o peor aún, los que trabajan en colaboración directa y a sueldo con el crimen organizado.

Aquella tarde de vinito y platica sabrosa el colofón fue que teníamos que estar muy conscientes de que los periodistas que deseábamos hacer las cosas bien y luchar por el oficio sano éramos en realidad una muy pequeña minoría en México. “Ya nos ganaron, somos muy pocos, los menos”, sentenció con su solemnidad característica Víctor Avilés.

Y a la vuelta de los años, con vaivenes políticos y económicos que no son el caso analizar ahora, la situación en el medio es aún mucho peor.

Hace pocos días, al platicar con un  gran amigo periodista, al que conozco por honesto y bien formado, compañero de esos grupos de hace años, me quedé tan incrédulo como la citada periodista española cuando me justificaba que los medios pueden recibir pago de los gobiernos por los convenios (que no son otra cosa más que la escalada a un nivel de “institucionalización” de las gacetillas citadas antes) y así sobrevivir con recursos y proteger a la autoridad, bajo el famosa frase “no te pago para que me pegues”.

Tuve que recordar a mi amigo que estaba usando el argumento de uno de los mandatarios más famosos por sus practicas deshonestas, y que el hecho de que los gobiernos, o quien sea, utilicen el vehículo publicitario de un medio, de ninguna manera justifica coartar la línea editorial; esa es inalienable.

También hablamos de una máxima del periodismo: los medios muchas veces son el único contrapeso del poder, y esa es una tarea indispensable en la sociedad, a la que el periodista nunca debe renunciar. Este principio no es invento mío, y ni siquiera de Gabriel García Márquez, quien lo hiciera muy famoso. Se lo escuche, en una cátedra, al maestro polaco de periodismo Richard Kapuscinsky, como uno de los pilares del oficio. Este principio es universal.

Los valores no pueden nunca dejarse de lado, hay que ser íntegros. Algo deberemos hacer por mejorar el periodismo; si somos conscientes, estamos obligados a ello.