Tanto peca el que mata la vaca como el que le estira la pata

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Por Luis SILVA GARCÍA

CD.  JUÁREZ CHIH. Los mexicanos somos tan corruptos que se pagan “mordidas” (y se reciben, por supuesto) hasta en la iglesia.

Esta frase -que se la escuche a una persona hace días-, tan cierta como demoledora, resume una realidad que se ha forjado en este pueblo, en la llamada raza de bronce, tal vez desde la época colonial, y en las últimas décadas se ha acentuado al grado de que la mala fama de “mexicanos corruptos” ya se conoce en todo el mundo; y en esta situación pagan justos por pecadores.

Hace ya unos 20 años el Dr. Gustavo Reyes, médico oaxaqueño que ha estudiado como pocos a nivel mundial el desarrollo de una posible vacuna contra el Sida, batallaba para lograr que organismos internacionales aportaran fondos, equipo y medicamentos para los estudios.

Explicaba que ya casi nadie, ni siquiera los organismos que conjuntan las naciones, como ONU, bancos internacionales u otros, y menos aún los organismos privados de diversos países, querían aportar fondos a nuestro país porque decían que siempre se robaban el dinero.

Y desgraciadamente en muchos casos tenían razón, que no en todos, pero la fama ya estaba creada y cuando hablaban de aportaciones para mejorar las cosas en México decían que no.

Y como no, si 20 años aún más atrás, en un movimiento popular para apoyar a colonos sin recursos, se dio el caso de una religiosa que coordinaba varios proyectos que eran costeados, al menos en parte, por ONGs de otros países.

Pues resulta que en una revisión detallada se descubrió que la religiosa, mera jefa de los trabajos y con amplio reconocimiento por su labor social en México, se estaba aprovechando de los recursos para su uso personal, sin que fuera algo muy notorio, pero en fin una falta imperdonable de principios en fondos destinados a beneficio social.

Claro que abundan casos mucho más graves que el de esta monjita, sobre todos los de manejos de autoridades públicas que hace años eran el conducto para bajar recursos en apoyo a los pobres. Y como dicen por ahí los “memes” ahora en redes sociales: cuando un político habla de combatir la pobreza, es muy seguro que se refiera a la suya propia.

Pues ese tipo de conductas se fueron incrustando en la sociedad mexicana y ahora ya nadie se asusta de la corrupción; convivimos con ella, se considera muchas veces un mal necesario y hay hasta quienes aplauden el principio que dice “el que no tranza no avanza”; o si no lo aplauden al menos si bien que lo aplican.

Me referí arriba al Dr. Reyes porque, por ahí del 2004, directivos del Banco Mundial señalaron que era el único científico mexicano en el que confiaban y, para México, solo sus proyectos estaban dispuestos a financiar. Y así lo hicieron.

Pero no bastaba esta confianza ganada por el investigador (quien forjó un laboratorio de alto nivel y un centro de atención a enfermedades infecciosas en el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias, INER) para obtener los apoyos; el sistema tiene sus mañas para proteger a los intereses malsanos. Maldad protege maldad, aunque se afecte quien se afecte.

En una ocasión el científico obtuvo de la Cruz Roja internacional un lote de reactivos muy necesarios para la investigación en su laboratorio, de esos que solamente en él confiaban para apoyar. Pues el lote llegó y fue detenido mientras Cofepris se dignaba a autorizar la salida del recinto aduanal.

Se buscó la intervención de las más altas autoridades para destrabar el trámite, pues el lote requería trato especial y refrigeración para su conservación, pero pasaron los días y las semanas y nada hizo posible que Cofepris autorizara el traslado del lote a su destino, hasta que los reactivos caducaron y la valiosa donación de la Cruz Roja se fue a la basura.

Fue entonces cuando el Dr. Gustavo, entre lamentaciones y frustración, se preguntaba cómo era posible que el famoso comerciante chino Zhenli Ye Gon haya podido cruzar por la Aduana de México y con la intervención de Cofepris, durante años, toneladas de reactivos para la elaboración de drogas ilegales, hasta que finalmente se le descubrió el negocito, y sin embargo, cuando se trata de traer reactivos para un asunto de seguridad nacional, como es la salud y en el caso de combatir el Sida, la burocracia no los autoriza.

La explicación es muy sencilla, en el caso de esta donación no hubo “mochada”, y solo con ese recurso, en la mayoría de los casos, operan las autoridades en México, sobre todo aquellas a las que les toca hacer cumplir reglamentos y normas.

Cofepris ha sido una de las instituciones en la que se han detectado niveles más elevados de corrupción en México, de acuerdo al Programa de Transparencia y Combate a la Corrupción que se aplicó sistemáticamente desde el gobierno de Vicente Fox y hasta el de Peña Nieto.

La corrupción ha penetrado en todas las capas de la sociedad, y los espacios religiosos no son excepción, aunque tampoco hay que generalizar, en ningún caso; por fortuna persisten personas con valores y principios, hasta en el Ejército; pero esa es otra historia.

Ya el Obispo de la Diócesis de Juárez, Manuel Talamás Camandari, preveía riesgos en este tema y por eso es que decretó que en esta diócesis no se cobraría nada por los servicios que otorga la Iglesia Católica a sus feligreses, es decir, en Juárez no hay tarifa para bodas, bautizos, 15 años, misas, alfombras rojas o ceremonias de lujo, no, simplemente no se cobra nada y se diseñó un sistema de administración de los recursos para otorgar a los sacerdotes su manutención y vida digna.

Sin embargo, no fuésemos los mexicanos hábiles para saltar las trancas de las normas y lograr beneficios: Luego a los feligreses no se les cobra nada, solo se le da a entender que aporten lo que sea su voluntad.

Y ahí cerramos el círculo con la frase inicial, pues ya todo mundo está impuesto a intentar beneficios o comodidades a través de dádivas a los ministros: que si la boda de mi hija la quiero en el templo de moda, o no falta cuales sean los deseos, y como nunca falta un roto para un descocido, pues ya encontremos al padrecito que, por una corta feria, se acomode a nuestros deseos.

El índice de percepción de la corrupción de México ha colocado al país en un lugar cada vez más bajo a través de los años en el concierto mundial; andamos en el lugar 126, por debajo de la media del promedio global, para entender un poco hay que mencionar que Dinamarca es el número uno con un índice de 90 en escala de 100, mientras que en México traemos un índice de 31. Bastante lejos de los que si atacan la corrupción.

El descredito de las autoridades es ya endémico, especialmente de las que tienen que ver con seguridad y de las que les toca aplicar normas. Pero no hay que olvidar que para que un acto de corrupción se realice, se requieren por lo menos dos partes. Tanto peca el que mata la vaca, como el que le estira la pata.