Por Luis SILVA GARCÍA
CD- JUÁREZ .- Desde hace ya varias décadas, a esta querida tierra de la frontera norte de México se le ha identificado con una figura social tristemente célebre: Las Muertas de Juárez.
Y muchas personas en otras partes del país se han de imaginar que al llegar a esta ciudad se van a encontrar con un tiradero de cadáveres de mujeres por donde quiera, pues así nos pintan en los noticieros permanentemente; esto es muy erróneo, como tan erróneo es también afirmar que no hay violencia en Ciudad Juárez, y así dicen las autoridades federales constantemente, desde el Presidente AMLO, que ya se va, hasta esa vergüenza juarense, que muestra enorme ignorancia, que dice llamarse Andrea Chávez y que es Senadora por Morena.
La historia viene desde los primeros años de la década de los 1990s, cuando un investigador criminalista, de origen chihuahuense, pero que hizo sus especialidades en el Reino Unido, llegó a Cd. Juárez siguiendo la peculiar y macabra pista de un asesino serial, que mataba mujeres y les dejaba las marcas de mordidas con las que arrancaba los pezones de los senos a sus víctimas.
El destacado criminalista nos informó que este tipo de psicópatas son bastante raros y escasos y, de acuerdo a sus estudios y los de colegas de diversas nacionalidades, por esas fechas tenían detectados únicamente dos posibles casos en todo el mundo: uno en el área urbana de Tokio, Japón, y el que venían ubicando en la frontera sur de Estados Unidos y norte de México y que, por la víctimas que estaban apareciendo, operaba muy seguramente en Cd. Juárez.
Pero había también otras características en estos casos: las posibilidades de atrapar a este tipo de asesinos psicópatas son en realidad muy lejanas, pues se trata de personas con mentes muy brillantes, que preparan sus operaciones muy cuidadosamente y no dejan pistas fáciles de seguir.
De manera que, afirman los especialistas, cuando sabemos que un asesino de esta naturaleza ha estado actuando en determinado territorio, lo más seguro es que ya huyó del lugar, y según el criminalista eso había ya sucedido con el psicópata que dio lugar a la figura de Las Muertas de Juárez.
Pero que el asesino original ya no estuviese en la frontera norte de México no significaba que no hubiera motivo para estudiar el caso; antes al contrario, en ese momento tocaba estudiar más profundamente las causas, hechos y posibles consecuencias, porque ahora el riesgo era el de las resonancias sociales y el llamado “CopyCat”.
Con el propósito de hurgar a fondo en el caso, el estudioso solicitó ayuda a personalidades de Cd. Juárez, ya que el Gobierno del Estado y la unidad especial antisecuestros, para que trabajaba como agente, ya no le estaba otorgando los recursos para continuar con las investigaciones.
A mediados de la década de los 1990s ya habían aparecido decenas de cadáveres de mujeres abusadas sexualmente y con señas similares, que permitían sospechar que un asesino serial operaba en la zona. La noticia ya se esparcía a nivel mundial.
Aún así, pese a contar con un especialista oriundo del estado y que ya había invertido muchas horas de estudio especializado en este caso, no se pudo obtener apoyo para continuar y el experto se vio obligado a aceptar un puesto importante en una corporación policiaca de Nueva York, a donde se tuvo que ir.
Nos quedamos entonces en la localidad con lo que los policías de casa podían hacer con el caso, y que nunca llegaron a conclusiones determinantes, en tanto que crecía la mala fama de Cd. Juárez por los feminicidios, que también eran un fenómeno acumulativo.
En 1995 fue detenido el ciudadano egipcio Abdel Latif Sharif, acusado de una veintena de asesinatos de mujeres en Cd. Juárez, y quien tenía antecedentes de posibles asesinatos similares en Estados Unidos, sin embargo solamente fue procesado y condenado por un caso y murió en el penal en 2006, donde siempre alegó ser inocente.
De que el egipcio Sharif fuera culpable de secuestros, violaciones y asesinatos no parece que hubiera mucha duda, pero aquí es donde hicieron falta las investigaciones más acuciosas y detalladas, como las que podrían hacer verdaderos especialistas y no solamente las instancias comunes, pues el proceso no resultó sólido y tampoco se pudo aclarar si antes de este asesino hubieron otros.
El asunto es que antes y después de la detención de este ciudadano egipcio el índice de feminicidios con perfil y señas de violencia y abuso similares, continuaron en los mismos términos.
Parecía entonces que las autoridades estaban más preocupadas por dar resultados inmediatos y calmar el clamor popular, antes que investigar a fondo, con los recursos y especialistas necesarios. Ello daría como resultado la detención de varios “chivos expiatorios” bajo el lema de: detengan al que parezca y acomoden los casos para que la ciudadanía piense que si estamos dando resultados.
Seguía creciendo el número de víctimas jovencitas y los familiares se organizaron para buscar a sus desaparecidas, de tal forma que en variadas ocasiones fueron estos grupos de organizaciones civiles los que encontraron cadáveres enterrados en las afueras de la ciudad, antes que la misma policía.
Vinieron científicos extranjeros a estudiar los restos encontrados y lograron identificaciones, pero con el paso del tiempo ya no se volvía a hablar del surgimiento del fenómeno y de la presencia de un psicópata asesino serial.
En 2001 los familiares en busca de sus hijas y hermanas desaparecidas dieron con los restos de ocho victimas femeninas en el llamado “Campo Algodonero”, por entonces despoblado y hoy muy cerca del crucero de la Av. Ejército Nacional y Paseo de la Victoria.
Las autoridades, raudas y veloces, detuvieron a dos choferes del servicio del trasporte a maquiladores, Gustavo González Meza, “La Foca”, y Víctor García Uribe, El Cerillo”, en un expediente que ejemplifica con claridad la ineficiencia de las autoridades en cuanto a los feminicidios, y con el afán de tender una cortina de humo para esconder la falta de auténticos resultados.
Nada menos el día de la detención de estos acusados, durante la persecución vehicular en la que supuestamente los agentes repelieron una agresión a tiros, fue retratada una patrulla que no presentaba ninguna señal de tiros es su carrocería, mientras que al día siguiente, a la hora de hacer públicas las supuestas pruebas de los hechos, la misma patrulla ya tenía señales de balazos. Ya no se supo entonces hasta que grado estas personas podrían ser culpables, pues lo que si quedó claro es que la policía estaba armando un caso.
Pese a la intervención de Amnistía Internacional y de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el caso continuó a brincos y sombrerazos, hasta que en 2003 La Foca González apareció asesinado en su celda del reclusorio y a principio de 2006 fue ultimado de 9 tiros su abogado defensor Sergio Dante Almaraz. Se acrecentó la presión y denuncia de que eran solamente “chivos expiatorios” y en ese mismo 2006 el Tribunal de Justicia de Chihuahua dictó el auto de libertad de El Cerillo García.
Cito estos casos como ejemplos de que no se ha podido llegar a conclusiones certeras en el caso de Las Muertas de Juárez, pero si ha corrido mucha tinta y mucha verborrea en diversos foros para aprovechar el tema, sin datos y menos aún conclusiones serias y solamente exponiendo la fama de una ciudad que vive y trabaja con esfuerzo diariamente, pese a contar con problemas tan graves como los feminicidios.
Ya desde 2001 me tocó encarar a una diputada federal de no se que estado que, tan solo por ser mujer y tener lengua, creía tener el derecho de denostar a nuestra tierra y hablar de la violencia en Cd. Juárez que estaba, según ella, depredando a las jovencitas, pero no apotraba ningún dato ni referencia, ni análisis de caso, ni mucho menos, solamente culpaba a los juarenses de manera generalizada para lucir en la tribuna ante la falta de argumentos e inteligencia. No se vale.
Desde años antes, ante los hechos y con los datos del criminalista, concluimos que el psicópata original ya se había ido de la zona y seguramente nunca sabremos mas de él.
El egipcio Sharif pudo haber sido lo que se llama un “primer seguidor” del original y se aprovechó de las circunstancias para llegar a hacer su fechorías a la frontera, pero no poseía tan alto nivel de inteligencia y así fue atrapado cuando una víctima logró escapar.
Lo más grave es que se dio el fenómeno “CopyCat”, es decir, ante una situación de asesinatos en serie y con victimización femenina, muchos posibles delincuentes “brotan”, es decir, se animan ante el ejemplo y entonces actúan con sus desviadas tendencias y replican un perfil tan publicitado, y asi se apoyan en que le van a echar la culpa al psicópata.
Esta realidad, que se repite con frecuencia donde operan asesinos seriales, en Cd. Juárez se ha dado de forma más radical, ante el aumento de actividades delincuenciales relacionadas con el narcotráfico y también por el innegable incremento del consumo de enervantes en la zona.
Desafortunadamente muchos han cometido atrocidades, pues ahí están los asesinatos de mujeres que no se han contenido, y a través de los años todo queda en impunidad.
Y hasta hoy la tragedia continúa. Culpables, si, las autoridades, por no haber sabido y podido resolver nada al respecto. Encomiables, si, los familiares de las víctimas y organizaciones ciudadanas que no paran de buscar y exigir, y que, aún con su pesar encima, salen a trabajar y cumplir con sus obligaciones cívicas todos los días. Arriba Juárez, y si lo dudan, pues nomás vean el mapa.

