SI LO OCURRIDO fue apenas una reacción de fuerza del Cártel Jalisco Nueva Generación tras la muerte de su líder Nemesio Oseguera Cervantes, el mensaje quedó más que claro: la capacidad operativa del grupo no se evapora con la caída de su cabeza visible.
En cuestión de horas, la organización desplegó una ofensiva coordinada en al menos doce entidades: bloqueos carreteros, quema de vehículos, ataques a establecimientos comerciales, bancos y hasta afectaciones en el aeropuerto de Vallarta.
Más que actos aislados, fueron acciones de demostración de poder, diseñadas para exhibir músculo logístico y sembrar miedo en niveles francamente psicóticos en amplias zonas urbanas.
El operativo que derivó en la muerte de “El Mencho” -según versiones oficiales- involucró a fuerzas federales mexicanas y apoyo de inteligencia estadounidense. La intervención fue descrita como quirúrgica y de precisión, con uso intensivo de tecnología.
El reconocimiento e intervención de los estadounidenses, sin embargo, apareció con discreción en los comunicados de la Secretaría de la Defensa Nacional.
Cae así el líder del que ha sido considerado el cártel de mayor expansión y sanguinario del territorial en México, con presencia estimada en 23 entidades.
La recompensa ofrecida por Estados Unidos ascendía a 15 millones de dólares por información que condujera a su captura. No se trataba de un objetivo menor.
Pero la experiencia histórica obliga a la cautela. La muerte de un capo no implica, por sí sola, ni paz ni armonía. Las organizaciones criminales en México son estructuras complejas, descentralizadas y resilientes, con redes financieras, políticas y territoriales que trascienden a un solo personaje.
La historia ofrece precedentes claros. Tras la captura de Miguel Ángel Félix Gallardo, el Cártel de Guadalajara se fragmentó en poderosas facciones: el Cártel de Sinaloa, el Cártel de Juárez y el Cártel de Tijuana. La atomización no redujo la violencia; la redistribuyó.
Algo similar ocurrió en Sinaloa tras la detención de Joaquín Guzmán Loera y el debilitamiento de Ismael Zambada García. Surgieron los llamados “chapitos” y “la Mayiza”, evidenciando que la sucesión interna suele venir acompañada de disputas armadas por control territorial y rutas estratégicas.
DESDE COAHUILA, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo aseguró que el país se mantiene en normalidad pese a la escalada violenta.
Llamó a la calma, pidió mantenerse bien informados y reconoció la labor de las Fuerzas Armadas en el operativo que derivó en la muerte del líder criminal.
Este lunes encabezará reunión del Gabinete Nacional de Seguridad antes de su conferencia matutina. Se espera que haya una información completa y real y no sólo que nada sucede, como se suele afirma ante una situación complicada y de crisis.
EN CHIHUAHUA, hasta ayer no se reportaban actos violentos relacionados con estos hechos, pese a la presencia histórica del grupo en varios municipios.
La Mesa Estatal de Seguridad se declaró en sesión permanente y focalizó vigilancia en Ciudad Juárez, la capital, Cuauhtémoc, Parral, así como en municipios serranos como Guachochi, Madera y Guadalupe y Calvo.
La caída de “El Mencho” cierra un capítulo, pero no necesariamente la historia.
Lo que suele venir después es una etapa de reacomodo interno o fragmentación, escenarios ambos asociados a picos de violencia. La hidra criminal rara vez muere con una sola cabeza.

