Por Luis SILVA GARCÍA
CDMX.- Nacido en Veracruz, este ingeniero industrial, especialista en procesos petroleros, fue favorecido en su carrera y acumuló fortuna para el beneficio suyo y de su familia. Trabajó en Pemex, hizo negocios particulares y a finales de los 1980s ya era un prominente personaje en su lugar de residencia, Coatzacoalcos.
Participaba en la actividad social de la comunidad y fue invitado a un club: grupo con cierto tinte de masonería, temas de cultura, mucho de política y con presencia de personas de tendencia homosexual; propensión que el propio ingeniero ocasionalmente manifestaba, si bien tenía su esposa e hijos en aparente normalidad.
El club era muy selecto y se reunía en secrecía, aunque las sesiones arrancaban con análisis de temas nacionales, pasaban por jugadas de dominó y cartas, y terminaban en autenticas bacanales. Los que participaban habían jurado el sigilo. El poder económico de cada uno de ellos era muy destacado, y del político ni que decir. Ahí conoció a Fernando Gutiérrez Barrios, Carlos Hank González, Jorge Carpizo MacGregor, Francisco Labastida Ochoa y Raúl Salinas de Gortari, por citar a los más notorios.
Para este ingeniero fue un privilegio departir en el grupo, hasta que un tema le empezó a sembrar dudas y le llegó a incomodar sobre manera, pues a principios de 1994 advirtió que las reuniones se hicieron intensas con el tema de planear un asesinato: el del candidato del PRI a la Presidencia de la República. El Ingeniero petrolero no estaba de acuerdo en esto, pero tampoco tenía forma de salir del grupo y menos de denunciar.
Todo se desencadenó de manera acelerada: El 23 de marzo de ese mismo año fue asesinado en Tijuana Luis Donaldo Colosio Murrieta, por lo que el ingeniero, que había manifestado en ese grupo su desaprobación a la maquinación de un atentado, entró en pánico.
Tomó las pertenencias que pudo colocar en una maleta y salió hacia Estados Unidos, sin avisar siquiera a su familia. Llegó al vecino país y solicitó asilo político, que le fue concedido de forma muy rápida, y para fines de ese mismo 1994 ya estaba establecido, de forma muy cautelosa, en El Paso, Tx., donde trabajaba como mecánico automotriz en un taller.
Por esas fechas nos contactó, como periodistas, para ofrecer la historia y denuncia de la supuesta planeación del atentado, a cambio de que se le ayudara en los trámites para que le fuese tomada una declaración oficial que hiciera factible su reingreso a México, con protección, pues afirmaba que si cruzaba la frontera de seguro lo iban a matar, por lo que sabía.
La expectación por el asesinato de Colosio, las investigaciones de los móviles y las historias del caso eran entonces el pan de cada día en todo el país. De hecho, como periodistas y en conjunto con elementos de la Policía Judicial Militar y de la Procuraduría General de la República, estuvimos investigando el caso por varios años, de manera que la aparición de este testigo refugiado en Estados Unidos era una pista que valía la pena seguir.Por entonces yo dirigía el Periódico Norte de Ciudad Juárez y participaba activamente como socio fundador de La Jornada, de la Ciudad de México.
Las reuniones con el ingeniero siempre eran en lugares públicos de centros comerciales en el El Paso: ahora un Walmart, la otra un Mc Donalds, luego un servicio de paquetería, nunca en el mismo lugar. El llegaba con su overol con rastros de su trabajo como mecánico y vigilaba hacia todos lados por desconfianza.
Poco a poco fue soltando su historia, sus desavenencias, sus logos y sus frustraciónes: cómo hizo fortuna en su tierra y como luego tuvo que abandonar todo, inclusive a su familia, quienes lo dieron por desaparecido de forma inexplicable, aunque tuvo la precaución de dejarlos económicamente protegidos con los negocios.
Sus relatos parecían fantasiosos y exagerados, pero eran rastreables y congruentes con las investigaciones que realizábamos en Baja California, aunque nada de esto era publicable. Mandamos a comprobar datos en Coatzacoalcos, Veracruz, y ahí estaban su familia y amigos y nadie sabia que había sucedido con él. Desde luego que guardamos el anonimato del caso.
Su versión de que un grupo de políticos, relacionados con intereses turbios, planearon la muerte de quien estaba destinado a ser presidente de México en 1994, debido a que el candidato estaba mostrando signos de que se había salido del control de quienes lo designaron y, por ello, ya no garantizaba la continuidad de los intereses políticos y económicos de los grupos de poder–fueran legales o ilegales–, parecía cada vez más viable.
El trato con este personaje, así como las investigaciones en Tijuana sobre el Caso Colosio se extendieron por varios años, por lo menos hasta 1998, y me aseguraron que los avances y resultados fueron puestos en el escritorio del Presidente Zedillo; pero de ahí no pasó.
El ingeniero acumulaba desesperación en su vida de refugiado en Estados Unidos, y pedía que se le escuchara oficialmente su versión, por lo que planteé el caso al General que estaba al mando de la Judicial Militar, quien se mostró interesado y buscó la forma para que agentes del ministerio publico de la Ciudad de México viajaran a la frontera y pudieran tomar la declaración al testigo en el consulado mexicano en El Paso, Tx., ya que para élera muy riesgosopisar suelo nacional y no estaba dispuesto a hacerlo.
Quedó la cita para una mañana de viernes en el consulado de El Paso, por lo que me pidieron encontrar a la comitiva en Tijuana, donde estaba el contacto principal, de plena confianza, que teníamos con ese sector del ejercito.
Llegaron desde México a Tijuana dos agentes del Ministerio Público y dos acompañantes militares de alto rango, con quienes viajamos en vuelo privado de San Diego California a El Paso, Tx. Así armaron ellos la logística y no estaba a consideración.
Había pedido a nuestro corresponsal en El Paso, Tx. que arreglara todo con el ingeniero, para que estuviera en el consulado, tal como él mismo lo exigió y finalmente le fuera tomada su declaración de manera oficial por el Gobierno de México.
Arribamos a El Paso, Tx., y nos llevaron al edificio del consulado, donde nos recibieron con toda esa diplomacia y elegancia que siempre es característica de los servicios consulares en todos los países. Ahí estábamos en una sala en espera del declarante.
Llegó nuestro corresponsal sumamente agitado:
— ¿Qué creen? No aparece el ingeniero, ayer en la tarde hicimos el último acuerdo para vernos hoy en el lugar señalado, convenimos que nos encontraríamos hace hora y media, con tiempo suficiente para trasladarnos acá, pero estuve esperando y no llegó. Anoche estaba muy contento, optimista porque habíamos logrado que se le tomara su declaración formal. No se que pasa.
Fuimos uno de los militares, el corresponsal y yo al lugar acordado, un Kencos (oficina pública de servicios logísticos, copias, papelería, trámites, notaria), estuvimos husmeando por más de tres horas, recorriendo la zona a ver si había algún indicio. Nada apareció. Nunca tuvimos un domicilio, el ingeniero siempre extremadamente cuidadoso. Y así se perdió el contacto para siempre.
La comitiva regresó a la ciudad de México y el General de la Judicial Militar quedó pendiente para el momento en que apareciera el testigo e intentar de nuevo su declaración. Pero eso nunca sucedió.
Esta historia así quedó, y nunca fue publicada, como los resultados que fuimos obteniendo del Caso Colosio en aquellos años y que por entonces eran riesgosos hasta para la seguridad de los que indagábamos, pero que hoy, a más de 30 años de distancia, parecen hasta conclusiones lógicas.
En buena medida el ingeniero veracruzano tuvo razón: Colosio se convirtió en un riesgo para el sistema que durante décadas ha controlado a México, su riqueza y sus operaciones. A los poderes político-económicos y hasta delincuenciales (que muchas veces son los mismos) no les convenía un presidente que decía ver un México con todas sus carencias, con hambre y con sed de justicia, y que promulgaba un cambio con responsabilidad.
Curiosamente, en las investigaciones aquellas del Caso Colosio, siempre aparecieron tres nombres de personajes políticos que igualmente este testigo decía que pertenecieron a ese grupo que, de acuerdo a lo que dijo conocer, participaron en la planeación del atentado, y eran Fernando Gutiérrez Barrios, Carlos Hank González y Francisco Labastida Ochoa.
Un día el ingeniero llegó y dijo: “yo se quienes planearon la muerte de Colosio”, luego fundamentó su exilio y presentó datos congruentes. Pero tal vez por eso mismo desapreció.

