Por Luis SILVA GARCÍA
CD. JUÁREZ CHIH.- El rostro ajado, con marcadas arrugas de muchos años y trabajos padecidos, la piel quemada por exposición al sol, por ahí alguna cicatriz de batalla, labios partidos casi con la sangre en flor, ojos profundos con pupilas oscuras, el blanco teñido en ámbar y con marcas de capilares a la vista; dentadura gastada y amarillenta; barba en ligero crecimiento que muestra el plata canoso mayoritario.
Un trapo cubre su frente en franco desafío al astro rey, al viento y a la arena silbantes; amarra en la parte de atrás un nudo áspero, entre textil y cabello desaliñado y desaseado. La ropa ya va a convertirse en jirones y las suelas del calzado permiten adivinar la realidad del suelo que pisan los pies; muy cansados.
Es un migrante haitiano en las calles de Ciudad Juárez, y el color entre café oscuro y negro pálido de su piel así lo delata, aderezado todo por el idioma, entre francés y español, que le permite solo una dificultosa comunicación cuando intenta abordar a los automovilistas para solicitar auxilio y poder sobrevivir un día más.
A señas indica que solicita una moneda para arrojarse algo a la boca y al estómago, pero los automóviles pasan a toda velocidad y casi lo embisten; por allá alguien se compadece y le obsequia algo, tal vez una moneda o un bocadillo, o un trago de agua. Todo es notoriamente bienvenido y ahí el rostro hace una transformación de la tragedia a la sonrisa agradecida, aunque sea por un instante.
Este adulto es solo una muestra, pero igual hay mujeres, niñas y niños, que deambulan por las calles, varados en una frontera que les cautivó para buscar una mejor forma de vida, pero que se ha convertido en un trampa que puede ser mortal, muy lejos de sus añoradas tierras antillanas, sudamericanas, centroamericanas, africanas, asiáticas.
Su país quedó atrás y llegaron a este desierto que parece tan lejos de Dios como tan cerca de los Estados Unidos. Pero no nos engañemos con los espejismos ni con los reflejos del sol y el agua en el pavimento o en la fina arena.
Los migrantes son un grupo social y humano como cualquier otro, en franca transformación y formación cultural, producto de situaciones límite en sus lugares de origen, pero a la vez son una oportunidad de aprendizaje tanto para ellos como para quienes conviven con ellos.
La migración de seres humanos de una a otra parte de la geografía mundial es una realidad desde que el homo sapiens apareció en las cavernas. Los conglomerados humanos son dinámicos, nunca van a dejar de moverse, con las ventajas y desventajas que esto implica.
Si las personas no se hubiesen movido de donde descubrieron el fuego, o la utilidad del agua, o donde un día se sorprendieron con la comunicación gutural, pues ahí estarían todavía sin conseguir la evolución.
La utilidad de los instrumentos, inventos y descubrimientos, va muy de la mano con la inquietud del aprendizaje y de la ambición por una mejor forma de vida, por la comodidad, por la mejor alimentación y por la satisfacción de ese sentimiento que nos lleva a considerar que nuestros descendientes deben vivir mejor que nosotros y que no deben sufrir lo que nosotros padecimos.
Con esa idea muy bien puesta, salimos a caminar y a buscar, a descubrir y hasta a conquistar, y un día las cavernas se transformaron en edificios, y las carretas en aeronaves, y aprendimos a leer, y desarrollamos nuestro pensamiento, y tocamos puertas y nos abrieron, y si no nos abrieron también aprendimos de ello.
El recorrido nunca será fácil, pero si el creador nos puso en un lugar, y nos permite estar vivos, es porque tenemos algo que aprender y también algo que enseñar, siempre con un propósito de superación personal y comunitaria. Nunca atropellando al prójimo.
Bienvenido sea el que llega, como bien despedido sea el que se va. Porque el que llega nos trae buenas nuevas, y el que se va las lleva a otras latitudes; siempre escalando en el camino de la evolución. Siempre con el deseo de ser mejores como seres humanos. De ser felices todos.
Para ello, tendremos que comprender al prójimo, en sus situaciones y circunstancias, como el prójimo nos tendrá que comprender a nosotros, no importa de dónde vengamos y hacia donde vayamos, ni importan los colores de piel, ni los orígenes, ni las religiones ni las ideologías. Todos debemos vivir en paz, y así en paz un día partiremos a otra dimensión.

