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La colonia de invasión

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Por Luis SILVA GARCÍA

CD. JUÁREZ .- Se trata de una hondonada que se extiende entre cerros de arena y tierra fina, que forman una especie de barrancas, a todas luces endebles al aire y ni se diga a la humedad, con muy escasa vegetación y todo el panorama de color polvo grisáceo y contaminación de la presencia humana.

Aunque el mar se encuentra a unos cuantos kilómetros de distancia, aquí el panorama no luce tropical o selvático, sino totalmente desértico y al fondo el rastro de un arroyuelo al que no se recuerda el liquido corriendo, pero si el cauce que generó paredes profundas de tierra y planicies irregulares donde se fueron acomodando viviendas improvisadas que, con el paso del tiempo y la necesidad ahí se quedaron permanentemente, y al conglomerado se le llamó “colonia”.

Y aunque el imperio más poderoso del mundo se encuentra a solamente un alto muro de cemento de distancia, acá escasamente hay luz eléctrica, gracias principalmente a los tendidos de cables que los mismos colonos han jalado desde el poste que encuentran más cercano y que, con el cúmulo y el reflejo del sol ya asemejan tenebrosas telarañas.

Del agua potable, imaginemos las peripecias para llevar el líquido entubado a esas viviendas que parecen adheridas a los barrancos en plena erosión. Algunos tienen tambos metálicos afuera de sus puertas; por ahí se ven tuberías plásticas de uno a otro punto; y llaves públicas para el abasto.

Si hay agua potable (al menos eso dirían los informes oficiales), pero de ahí a que corra con regularidad, que suba y baje a través de este caprichoso terreno, eso ya es, muchas veces, solamente presunción; porque a la hora de pasar el peine por el cabello brota tierra y suciedad, aunque la gente diga que si se bañó. De los riesgos sanitarios y parasitarios ya ni hablar.

Lo que se ha llamado drenaje es en realidad el curso pluvial, al que se colocó un ancho tubo de cemento, pero hacer llegar los desechos de cada vivienda, que se acomodó como la gente pudo en su momento, se logra de forma adecuada solamente en los casos de los que viven muy al fondo de la hondonada. Por allá se ven tubos al aire con flujo indescriptible, o por acá pequeñas corrientes con todo y basura en su contenido.

Los líderes colonos de aquel PRI de los años 1970s prometieron a las familias migrantes un espacio para vivir mediante el método de invasión del territorio deshabitado. La gente llegaba a la frontera norte con la ilusión de cruzar y adherirse al “sueño americano”. Venían ellos casi siempre de zonas rurales del centro y sur del país. Pero por algún motivo se quedaron atorados de este lado, a buscar la supervivencia, comida, sustento, el diario trajinar.

La colonia se ubicó en la parte más occidental de la ciudad, más allá ya no había nada habitado, solo territorio inhóspito en un desierto que se contempla interminable.

Para llegar al caserío solamente hay un camino, que da vuelta a los barrancos en circulo y va bajando poco a poco hasta llegar al centro del lugar, donde hay una llamada plaza, que solo es una explanada de tierra con algunos árboles a su alrededor; todo de forma irregular; una escuela primaria de reciente construcción y cerca de malla ciclónica; algunas construcciones rudimentarias del incipiente comercio: ferretería, tortillería, frutería.

La edificación más notoria es el salón de actos cuadrado de la CNOP-PRI, de unos 10 por 20 metros a una sola planta, en enjarre encalado, que a la vez hace de oficina con escritorio y sillas de madera, centro de actividades donde arrancó la invasión y que de forma natural significa “la autoridad”, a falta de más formalidad en este territorio donde prevalecen el olvido y el abandono.

El transporte público hay que ir a tomarlo hasta el camino del lado de la frontera, en una prolongación de terracería que más allá, hacia la ciudad, tiene pavimento; de ahí, a bajar o subir caminando, con todo y lo que se carga por necesidades de trabajo o aprovisionamiento.

Si entran automóviles, pero con bastante dificultad para dar vuelta entre barrancos y paredes de tierra; llega algún taxi que alguien llamó por extrema necesidad; camiones de carga ligera cuando se adquieren muebles grandes de segundo uso.

En panorámica, se ven las viviendas en desnivel y con diversa profundidad, de acuerdo a los cerros y planicies. Las construcciones son de adobe, ladrillo o madera de desecho de la industria, con paletas de carga, techos de lámina galvanizada o cartón corrugado y curtido en aceite. Algunas tienen pintura colorida y plantas de ornato.

De un conjunto a otro, o de una vivienda a otra, se improvisan escalinatas con ladrillos, piedras, o con llantas de desecho automotriz, o cualquier material al alcance, en un entorno que se antoja expuesto a que hasta el viento lo pueda desmoronar. Por allá juegan los niños en una atmósfera de inseguridad.

Y así como solo hay una entrada a la colonia, también solo hay un camino de salida, subiendo por la vía sinuosa de tierra que a veces se antoja demasiado angosta para los vehículos, y hay que recorrerla despacio y con cuidado.

Esto que describió es Lomas Taurinas, en Tijuana, en 1994. Luego se transformó: llegó el pavimento y cambió todo; llegaron los servicios, se atendieron las necesidades; a la plaza se le colocó una plancha de cemento y un gran monumento con la estatua de Luis Donaldo Colosio, precisamente donde fue asesinado el 23 de marzo de aquel año.

Por aquellos tiempos llegamos a informarnos sobre el caso a esta colonia, pero el vehículo se quedó en la parte de arriba y bajamos caminando entre las viviendas. Entramos por formaciones que asemejaban túneles, entre paredes de barrancos de tierra, tablas en el piso, barandales de tarimas de carga de madera o de lámina; hasta llegar a las viviendas por la parte de atrás, por los “patios”.

— Pásenle y siéntense a la mesa para servirles café y unos frijolitos con tortillas de harina recién hechas; también tengo un asadito colorado, vénganse a cenar por favor.

Así nos recibió Juanita, la señora que figuraba como líder de los colonos y reconocida por su valentía: nunca se guardaba lo que tenía que denunciar.

Muy agradable lo que nos sirvió de cenar, con esa hospitalidad de la gente sencilla de nuestro país, quienes dan lo que tienen con todo el afecto, inexpresable cuan apreciable aderezo para cualquier comida, como para cualquier charla.

Pero lo que iba a decir no sería tan agradable:

— ¡Nos mataron al candidato!…pero yo no les creo que fue casualidad, yo vi que desde tiempo antes hicieron cosas preparando el atentado; por aquí vinieron muchos extraños y sospechosos; esos disque policías y guardianes no eran más que los sicarios, pagados por los que tienen dinero y políticos que no querían a Colosio.

— A nosotros nos habían avisado que nos iban a llevar en camiones al mitin popular a una plaza de Tijuana y luego salieron con que mejor aquí en la plaza nuestra, donde sabemos que no estamos preparados para recibir a nadie, y pues ya saben lo que pasó.

— Para mi que lo trajeron a donde sabían que podían hacerle cualquier cosa y era mas fácil de disimular, y era una emboscada, porque aquí ni las ambulancias ni las patrullas han entrado nunca; entonces, pasan delitos y ni quien se entere; pobrecito Colosio, ahí tirado desangrado y ni como sacarlo rápido, yo lo vi.

— Que ese Aburto, que lo agarraron y hay dudas, pero eso a quién le importa, lo que nos preguntamos es quién mandó al Aburto.

Han pasado 32 años y la interrogante de Juanita, de aquella noche ahí en el lugar de los hechos, resuena como si el homicidio hubiera sido ayer mismo, pues nunca el caso se ha cerrado.

Hay quienes me dicen que todos andamos escribiendo del homicidio de Colosio para ganar lectores, que el caso está muy manoseado, que el tema lo metemos con calzador. Yo escribo solamente para compartir una reflexión que me parece válida y oportuna.

Tuve la oportunidad de investigar el caso por varios años y la conclusión es muy simple: A Colosio lo eliminaron porque se había salido del control al sistema; lo que aparece detrás de su homicidio siempre son los mismos intereses políticos, económicos y delincuenciales que imperan en esta nación y a los que no les convenía que un líder, que parecía actuar por su cuenta, llegara a la Presidencia. No podían dejarlo llegar.

No importan colores ni tendencias, los poderosos en este país siguen siendo los mismos de siempre. Y en Lomas Taurinas, en aquel entorno abandonado, se formó el escenario adecuado para quitarse del camino al que les parecía inconveniente.

Eso me parece, y como hay información de hechos y análisis de acontecimientos, no hay porque callar.