Por Luis SILVA GARCÍA
CD. JUÁREZ CHIH.- Era la época de la psicodelia, y aunque se le relaciona con el LSD y otras drogas, las personas no necesariamente tenían que entrar en la experiencia de una evasión de la realidad para disfrutar de colores, espirales, vórtices, sonidos estridentes y dibujos orgánicos y florales; en realidad es una expresión que desde décadas anteriores grandes artistas la habían trazado, como el pintor Picasso y la corriente del cubismo, o Dalí con el surrealismo.
La expresión de la psicodelia contenía la esencia de la protesta, de la contracultura, del reclamo a una institucionalidad imperialista que se manifestaba en guerras y explotaciones, como se sigue manifestando hoy en día. Era la década de los 1960s y los jóvenes en todo el mundo levantaban un grito de inconformidad contra el “establishment”.
Se escuchaba la música de Jimmy Hendrix, Pink Floyd, TheDoors y, por supuesto, The Beatles, aunque estos luego derivaran más hacia baladas pop, antes de disolverse como agrupación, sin perder nunca, ni como conjunto ni como artistas individuales, su rango anti institucionalista.
La muchachada y todos los alivianados leían al filósofo Aldous Huxley o al antropólogo Carlos Castañeda y sus explicaciones del chamanismo. Aterrizó por ahí Andy Wharol, artista plástico que partió de los colores y discordancias para llegar a un pop art que dominó el escenario mundial, con influencia tanto popular como entre los nobles de las familias reales.
Y en ese revolucionario contexto florecieron las teorías de Sigmund Freud con la aplicación del psicoanálisis en diversas corrientes, escuelas, en procesos industriales y, claro está, en el estudio de la conducta humana, en un intento de comprender cómo y por qué pensamos los seres humanos.
Llegó el sacerdote francés Gregorio Lemercier a Cuernavaca y, con el apoyo del Obispo Sergio Méndez Arceo, fundó el Monasterio de Santa María de la Resurrección, donde se aplicaron iniciativas novedosas en la formación religiosa, incluyendo la asociación de la terapia psicoanalítica con la fe. De ahí surgieron personas exitosas, brillantes y bien moldeadas, hasta que, en medio de grandes dudas por las innovaciones, el monasterio fue cerrado por las autoridades católicas.
De los beneficios y perjuicios del psicoanálisis se ha discutido enormemente, y se seguirá discutiendo por mucho tempo, creo yo, ya que si la misma ciencia psicológica (sin lugar a dudas útil) se encuentra aún en tapa de desarrollo (rebasa apenas la centuria de años, mientras que otras ciencias son milenarias, y aún así se reinventan constantemente), pues de sus diversos instrumentos y corrientes, como es el psicoanálisis, el ser humano tiene mucho que revisar y concluir para un mejor aprovechamiento, como sucede con todos los descubrimientos de la humanidad.
Aquella mañana de principios de los años 1970s, en los estudios de Filosofía,en el Seminario Regional del Norte, en Cd. Juárez, Chih., la maestra María Rosa Góngora, de Psicoanálisis, dijo a los alumnos:
— El ejercicio es sumamente sencillo: van a hacer un esfuerzo por meditar, pensar, recordar… y luego van a describir, en escrito libre, aquel pasaje más antiguo que recuerden de su infancia, de lo primero que tienen conciencia en su vida, y tratar de saber que edad tendrían entonces
Y pues ahí estaba el caso:
“Era una tarde en el pasillo de la casa, aquella vivienda de adobe bien enyesado y pintado, con un corredor en medio y los cuartos a los lados; piso de mosaicos de cemento lustroso con dibujos de pintura irregular en tonos verdes y grises.
“El calor era intenso y acomodaban a los niños en unas cobijas en el piso para pasar el rato. Mis dos hermanitos eran muy pequeños, de unos meses de edad, y por ello ponían una colchoneta abajo y luego las cobijas blancas para bebes con adornos de hilaza rosa o azul, según el caso, pues se trataba de unos cuates, hombre y mujer.
“Yo contemplaba el piso, desde el lado de la puerta principal, con su protector contra los mosquitos, hasta el fondo de la salida al patio, que tendría poco más de 10 metros, pero a mi me parecía larguísimo; y veía una separación en medio, a lo largo entre los mosaicos, producto de que la estructura de la vivienda se estaba asentando hacia los lados; la separación era de solo unos milímetros, pero yo la advertía más ancha que entre los demás mosaicos, hacia el lado de la calle mas pronunciada que hacia el patio.
“Los bebés estaban despiertos y emitían sonidos guturales en lo que se entretenían, uno al lado del otro, con sonajas de madera, al tiempo que succionaban saliva en sus boquitas, con aquellos instrumentos plásticos que suplían la mama materna y tenían en su interior una gota de miel, sin que llegara nunca a salirse del chupón. El niño era de constitución más delgada; la niña más rellenita.
“Mi hermano mayor ya asistía al kínder y por tanto tenía labores de tareas que realizar en las tardes y estaba a un lado, también en el piso limpio, escribiendo o dibujando en un cuaderno con hojas de papel revolución.
“Para que me entretuviera y no molestara con distracciones a mi hermano mayor, mi madre me fue enseñando a colorear y a conocer la escritura y ahí estaba esta tarde también con lápiz, un cuaderno y algún libro o folleto de algo que me parecía atractivo. Así fui aprendiendo a leer y escribir.
“Mi abuelita apreció al fondo del pasillo, o tal vez ya permanecía ahí, siempre observando tras sus lentes de aumento con cristales en forma hexagonal, sin aros. Doña Lola era toda una figura en la comunidad, tenia más de 70 años y para nosotros era el personaje que materializaba la dulzura, pues siempre nos cuidaba y consentía.
“Esto sucedía en el mes de mayo en Cd. Delicias, Chih., y, de acuerdo a los hechos y tiempos, tenía yo dos años con nueve meses de edad. Es de lo que me acuerdo.
“Luego vino otro pasaje que recordé; este debió ser antes del siguiente invierno, como en octubre, cuando yo tenía tres años y dos meses de edad.
“A mi hermano mayor le habían regalado un perrito, blanco, lanudo, muy gracioso; estaba muy feliz con su perrito. Unos amigos de la familia le ofrecieron a nuestros papás intercambiar el perrito por una chamarra y así fue: le `regalaron´a mi hermano una chamarra muy fina, comprada en El Paso, Tx., con adornos de balones de futbol americano, mangas beige en cuero y el resto en fieltro verde.
“Y se llevaron el perrito. A mi hermano le lastimó mucho que se se llevaran su perrito y a mi también me dolió, pero no podría culpar a nuestros padres, pues ya venía el invierno y ahora su hijo tendría una chamarra que era más necesaria que una mascota, sobre todo porque ya iba a la escuela.
“Mis padres quedaron agradecidos con estas personas y consideraban que hicieron una buena obra. A mi me parecía igual y siempre me pregunte por qué, si eran tan buenas personas y tenían recursos ¿no sería mejor que le hubieran regalado en verdad la chamarra a mi hermano y no le hubieran quitado su perrito?,
“Mi razonamiento de niño era que quitarle a mi hermano su perrito fue en verdad cruel, así lo sentí”.
Pues estos eran los recuerdos que me aparecían como los más antiguos en mi memoria; más allá de que creía tener retazos del tiempo que pasé entre la vida y la muerte en los primeros meses de mi existencia, pero tal vez ello se integra con lo que escuché de quienes me rodeaban, porque sobreviví de milagro cuando nací con siete meses de gestación y medía solamente 27 centímetros de largo; y ello era siempre recordado en las platicas familiares.
Quedé muy agradecido de mi experiencia de aquellos años como estudiante. El ejercicio de rememorar lo que se ha vivido es un muy buen concepto, pues siempre se pueden sacar conclusiones y el cúmulo de experiencia nos lleva a repasar con mayor tranquilidad, para comprender más ampliamente el origen y desarrollo de nuestra personalidad.
De cualquier forma los datos están ahí en esos millones de cajones que integran nuestra memoria y es bueno saber registrarlos, y en la medida de lo posible, catalogarlos, para elevar el nivel de raciocinio e intentar ser mejores y más felices como seres humanos. Esta tarea, el desarrollo del pensamiento, es permanente, interminable y siempre de utilidad.
Antes que ceder a la avasalladora influencia del el entorno, hay que pensar, analizar y concluir; para eso somos humanos.

